setiembre 14, 2006

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 129
OTOÑO de 2006


PÁGINA EDITORIAL

Crear y creer.

No es mera casualidad que verbos como creer y crear se diferencien solamente por una letra y en el presente del indicativo se escriban igual: “yo creo”. Esto tiene muchas implicancias: para crear es necesario creer y, recíprocamente, para creer es necesario crear. Igualmente recordando el refrán “ver para creer” es también cierto lo inverso, es decir, creer para ver.
Lo dicho nos lleva si tenemos la mente abierta a la comprensión de la enorme trascendencia que tiene la creación que se hace notoria sobre todo en la artística y, por ende, en la literaria. Quizás sería más preciso hablar de recreación, porque el único que crea desde la nada es Dios y el artista hace memoria del origen milagroso de la vida. La recreación es una ventana abierta a la eternidad y de lo que decimos dan testimonio para quien quiera ver las obras de los distintos campos del arte. En el mundo actual hay muchos que asumen el papel de creadores, cuando no creen en la trascendencia de su obra, aunque, claro está pretenden que trascienda al gran público. De hecho conocemos en la sociedad contemporánea muchos autores que venden cientos de miles de ejemplares declarándose totalmente escépticos y apuntando únicamente al mercado. Es curioso comprobar cómo cerramos nuestra conciencia ante hechos tan evidentes como el de que la belleza es resplandor de lo eterno y que en la obra de los auténticos artistas se abre una ventana hacia la eternidad encarnada en la palabra.
Es necesario ser obtuso e impermeable para no sentir el hálito de lo divino en la poesía de Dante, de Shakespeare, Goethe, o más actualmente en autores como Tagore, Juan Ramón Jiménez, Leopoldo Marechal, por nombrar algunos. Idénticamente en la narrativa, Cervantes, Tolstoi, Dostoievski, Alejo Carpentier. Por eso decimos que la creación artística es una ventana, no una puerta hacia la eternidad porque nos permite contemplar y no poseer. Quizás, después de todo, la eternidad es contemplar y no poseer. Y allí la profunda nostalgia que nos embarga al ver, escuchar o leer obras de arte. Es como si así se nos revelara en toda su verdad la descripción bíblica de nuestra caída original cuando habitábamos el paraíso.
Simplemente, entonces, toda creación artística y dentro de ella literaria es un intento, cuando es auténtico, de hacer memoria de lo infinito en lo concreto, es decir, de la belleza de la obra de Dios, el supremo poeta.
Todas las actividades humanas adquieren significado si aportan al sentido del existir. En la literatura lo dicho se concreta mediante la belleza, la imagen y el concepto. Ello se puede dar implícita o explícitamente y esto se evidencia en el caso en que solo se reduzca a un juego ingenioso cerrado en sí mismo o en un ejercicio de pretensiones puramente académicas.
Cuando se habla de literatura comprometida no se comprende que si nos relaciona con la totalidad de lo viviente está de hecho comprometida en la única forma real, ya que una vinculación reducida a lo estrictamente sociológico, psicológico o político, mutila la realidad, oculta lo trascendente y nos confina en una visión angosta, por más que presente denuncias sobre injusticias y las documente. Nunca ha sido fácil, en un mundo signado por la violencia y problemas de toda índole, producir obras que abran nuestra mirada hacia la belleza y hacia la irrupción de lo eterno en la historia. Pero es lo que finalmente perdura y, por lo tanto, el resultado del mayor de los compromisos. Indicar la belleza y el sentido en una realidad constantemente convulsionada no es una tarea que no requiera permanentes sacrificios ¡Y qué mayor valor que rescatar lo permanente en un mundo que corre peligro de desintegración! Después de todo el que quiere incidir inmediatamente en el campo social que no se dedique a la literatura sino a la política.
PÁGINA 2

Sucedió un jueves.

Por Irma Verolín (Buenos Aires)

La locura de mi abuela nos tenía a mal traer. Ya habíamos soportado de todo, sus gritos, sus escapadas en medio de la noche, sus relatos absurdos. Sin embargo nos faltaba vivir lo peor. Sucedió un jueves. Estábamos mirando una revista de modas en la que las mujeres se estiraban hacia el borde de la página y echaban la cabeza atrás, todas iguales, para dar a entender que el mundo o los márgenes de la hoja les quedaban chicos. Sobre las telas que les ceñían el cuerpo, brillaban lentejuelas y abalorios y rasos y pedrerías. Mi abuela preguntó:
-¿Qué día es hoy?
- Jueves – le contestamos.
Después vino el silencio con el chasquido delicado de las hojas de la revista que pasaban unas tras otras como volando por encima de nuestra imaginación. Enseguida la abuela volvió a preguntar:
-¿Qué día es hoy?
Creyendo que se refería al número, dijimos:
- Diecisiete, abuela.
Y otra vez la voz de la abuela se hizo oír en el patio.
-¿Qué día es hoy?
Todas levantamos los ojos con un toque despavorido en la mirada. Aquel fue el principio que amenazaba con no tener final. La abuela preguntó montones de veces el día en que vivíamos. Y fue una pregunta fatal. La fatalidad no se debía a que la pregunta nos repercutiera en la cabeza igual que un golpeteo de martillo sino el sentido de la pregunta misma. Tener presente a cada rato el día en que se vive, tiñó nuestra cotidianidad con un barniz filosófico. Yo personalmente sentí que desde algún lugar remoto en el tiempo y el espacio una fuerza machacaba para que yo tomara conciencia, me hiciera preguntas, pensara en la muerte, escapara de lo burdo, de lo material y me adentrara en cuestiones menos superficiales. A tía Margarita la pregunta de mi abuela le deprimió el estado de ánimo. Sintió que la vejez galopante le quitaba las últimas esperanzas de conseguir un novio o cosa que se le pareciera. Cada vez que la abuela preguntaba, a tía se le antojaba que el tiempo se apresuraba en correr. A doña Pepa se le llenó el alma de preguntas inexplicables que quizá en el futuro ella misma se animara a responder.
No esperamos a que esta nueva obsesión se fuera por sí sola, buscamos amortiguar el peso que gravitaba sobre nuestra vida: Le conseguimos a mi abuela un almanaque. Yo misma fui a comprarlo. Cuando salí del negocio pasé mis dedos muy delicadamente por los números de una de las hojas del cuadernillo, blanca y cuadriculada, e imaginé que el color de los días empezaba a transformarse. El tiempo se detuvo y el mundo se paralizó. Entonces pude asomarme a una enorme ventana sin fronteras y allí, debajo de todo, encontré mi propia imagen, mirándome. Pero duró apenas un segundo la ilusión, recapacité inmediatamente, con solo reconocer que los números se nos habían metido en los relojes y los calendarios, bastaba y sobraba como prueba irrefutable de la derrota humana.
Agarramos con una chinche el almanaque a la puerta de la cocina y le enseñamos a mi abuela que, no bien se levantaba, tachara el día en curso para que cada vez que tuviera ganas de hacer la pregunta, en vez de preguntar, se fijara en los días tachados y supiera si pertenecían al pasado o si aún estaban por llegar. Mi abuela, muy obediente, con su lápiz negro en la mano, fue tachando uno a uno todos los días del almanaque hasta el treinta y uno de diciembre. No bien terminó y el calendario quedó íntegramente tachado, empezó a preguntar nuevamente: ¿Qué día es hoy? Aquella mañana, tía Margarita había salido muy temprano, de modo que cuando volvió se encontró con un calendario desahuciado. Quiso desmayarse pero no pudo. Así, lentamente e inclinando su espalda, mi tía se fue arrodillando y empezó a llorar. Lloraba mientras miraba el calendario como si hubiese sido su partida de defunción.
Doña Pepa, empeñada en sacarle el jugo a esta maldición gitana, como insistió en llamar al percance de vivir con una loca en casa, quiso encontrarle alguna lógica a las tachaduras. Creyó que mi abuela había escogido secretamente un orden al tachar los números, así que puso a contraluz el almanaque e intentó determinar qué tachaduras se veían más intensas que otras para enseguida consultar un libro sobre el significado numerológico que las cifras encerraban. El número cero representaba el infinito, el uno el principio creador, el cuatro, la construcción. Como los números eran más perfectos que nuestra manera de mirar, doña Pepa quedó encarcelada en esa búsqueda de sentido y orden. Terminó extrayendo conclusiones sorprendentes y hasta, si se quiere, edificantes, pero que no tenían mucho en común con el mensaje cifrado al que la locura de mi abuela podía aludir.
La tía y yo nos mordimos para no criticarle a doña Pepa su audaz método interpretador de la desgracia que se nos había caído encima, aunque eso sí, como no le dijimos ni media palabra, lo cual ya resultaba altamente sugestivo, ella entendió que se había metido en un túnel sin salida. Y abandonó sus investigaciones. Al fin y al cabo el llamado método del almanaque no había servido más que para perder tiempo y gastar el lápiz.
Mi abuela, sin dejar de mirar el mes de diciembre tachado, siguió preguntando lo mismo a cada rato: ¿Qué día es hoy? Cansada como nosotras de oír la eterna pregunta, doña Pepa propuso el recurso del pizarrón. No fue una mala idea. El pizarrón, en el caso de no servir de mucho, despertaba la memoria emotiva, los primeros años, las emociones del comienzo. Por eso, sin pensarlo demasiado compramos un sencillo pizarrón de color negro absoluto que fue colgado en una de las paredes del patio, justamente al costado de la enredadera. Y allí escribimos el día completo: Jueves 17. La abuela lo miró. Nosotras miramos a la abuela, tranquilizadas al ver la palabra “Jueves” tan entera y tan poética. Era una inscripción gráfica y apaciguadora. La letra cursiva se dejaba llevar y ondulaba, iba hacia abajo o se columpiaba en medio de la negra inmensidad. Todo estuvo bien, los planetas giraron en sus órbitas y los músculos del cuerpo pudieron descansar. El mundo con sus tiempos se había vuelto a poner en orden. El blanco de la tiza resaltaba sobre el negro negrísimo del pizarrón recién comprado. Aquel momento fue el Paraíso para nosotras. La luz del sol cubrió el patio y contorneó aún más nítidamente los perfiles del día y la fecha presentes. La abuela, parada frente al pizarrón, parecía sonreír. Tenía en los ojos una tersura rara que hasta pudo hacernos ilusionar con una mejoría, con un amenguamiento de su locura. Luego el día o el tiempo, siguió pasando mientras mi abuela se acercaba más y más al pizarrón. En cierto momento estuvo tan cerca del pizarrón de espaldas a nosotras en el patio que me causó gracia, porque daba la impresión que la habíamos puesto en penitencia. El aliento y la respiración de mi abuela volatilizaron la tiza y con ella el número y la palabra “jueves”. Entonces la voz de mi abuela volvió a repetir otra vez: ¿Qué día es hoy? Y mi tía Margarita, al escuchar la voz y ver el pizarrón, se dio por no nacida. Y la idea del tiempo que arrasa con nuestra vida volvió a arrasarnos los pensamientos. Extenuadas, decidimos irnos a dormir cuanto antes.
PÁGINA 3 – IDIOMÁTICAS
Ni “cerca mío” ni “lejos tuyo”.

Por Jorge Alberto Hernández (Santa Fe)

El idioma es comunicación y debe ser claro para entendernos y no tener la pretensión de aquellos que, equivocadamente, todo lo “ejecutivizan”, todo lo “impactan”, todo lo “adecúan” y todo lo “verticalizan” con esa suficiencia incomprensible, arrogante e inmodesta propia de los necios, que sólo sabe del uso y abuso de sus neologismos “coyunturales”, porque ignoran las vastas posibilidades de nuestra rica lengua, que es el don otorgado al ser para su convivencia social y “la carta de presentación de nuestra cultura”.
Siempre recordamos la expresión de un estudioso como Alfredo Schock: “Entre el lenguaje y el pensamiento hay una íntima vinculación de parentesco, diríamos consanguíneo. El que habla mal, piensa mal”.
Por eso, para evitar en algo que se hable mal y se piense mal, no cesamos en la defensa que hacemos del idioma. Debe tenerse mucho cuidado en la pureza de la palabra. Es permanente el mal empleo que se hace de adverbios en frases como las siguientes: “se colocó ´cerca mío´”, “se puso ´delante tuyo´”, “formó fila ´delante suyo´”,”venía ´atrás mío ´”, “corrieron ´atrás nuestro´”. Debemos tener en cuenta que cerca, lejos, atrás, delante y adelante son adverbios, y que los adverbios indican lugar, tiempo, modo… en que sucede algo, sin variación de género ni número. El error consiste en que, en los ejemplos citados se los trata como sustantivos, ya que se les unen adjetivos posesivos (mío, tuyo, nuestro, etcétera). Es un error decir “cerca mío”, como si fuera el libro mío. Por consiguiente, “cerca mío“ no es cosa mía, sino lo que está “cerca de mí”. Y lo mismo ocurre con los demás adverbios. Se refieren siempre a la acción o situación, en el tiempo o el espacio. Nunca a la sustancia. Si se refirieran al nombre, serían adjetivos y lo mismo podrían ir delante o detrás: “mi libro” o “el libro mío”. Lo que no puede hacerse con los adverbios. Sería absurdo decir “´mi´ delante”, “´tu´detrás”, “´su´cerca”, “´nuestro´ lejos”… y, por supuesto, igual sin sentido se presenta en “cerca nuestro”, “lejos tuyo”, arriba mío”, “delante suyo“, etcétera. Lo correcto es: “está cerca (o lejos, o delante, o detrás, o encima, o debajo) de mí, de ti, de él, de nosotros, etc”. Por otra parte, está mal decir “está ´arriba´ o ´abajo´ de mí, cuando lo correcto es decir “encima o debajo de mí”; ni “adelante o atrás de tí”, sino “delante o detrás de ti”.
En cambio se admiten las expresiones: “él estaba al lado mío”; “ella iba a espaldas tuyas”, “miró en derredor suyo”. ¿Por qué? Porque lado, espaldas y derredor son sustantivos y no adverbios, y, por lo tanto, permiten la adjetivación posesiva.
Para evitar estos errores tan comunes y que tanto afean el idioma –sobre todo si de periodistas, locutores u hombres públicos se trata-, hay un método seguro que pueden emplear los que no quieren tener el trabajo de consultar la gramática o los que dudan permanentemente. Consiste en preguntarse qué es lo mío, qué es lo tuyo, qué es lo suyo, etcétera. Cuando la respuesta es posible, el uso del posesivo es correcto, de lo contrario, no.
Estaba al lado mío. ¿Qué es lo mío? “El lado”, que es el sustantivo que indica una de las partes laterales del cuerpo. Por lo tanto es lícito. Pero, si decimos: “iba delante mío“, ¿qué es lo mío?, la respuesta es imposible. Luego, el primer ejemplo es correcto, el segundo, no, ya que la construcción lícita es: iba delante de mí.
PÁGINA 4

Hiperdiccionario.

Por Arturo Lomello (Santa Fe)

Lo que las palabras pueden significar cuando escapan de la costumbre.

Abombado: Poseedor de una bomba que demora demasiado en estallar.
Agarrado: Avaro al que le han crecido garras para defender su patrimonio.
Agnóstico: Con semejante denominación no es extraño que sea escéptico.
Bizcocho: Estado de ebriedad por el que se ve doble y en lugar de hacer el cuatro se hace el ocho.
Cancelar: Celos entre canes.
Criterio: Sensatez que buscamos permanentemente y encontramos por excepción cuando dejamos las cuatro patas.
Impoluto: Contrariamente a lo que sugiere su sonoridad no es un insulto sino la designación de un estado de pureza que sólo se da en el paraíso.
Partitura: Parto con música.
Prójimo: Nuestro semejante cuando le podemos sacar algo.
Reencarnación: Gordura superlativa.
Secreto: Datos de extrema intimidad que asegura máxima publicidad.
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El escudo blanco.

Por Pilar Romano (Corrientes)

Soñaba con estar enamorada. Tenía la edad sospechosa del agua que va quedando en el estanque y un latido inexcusable le reptaba por las caderas. Los sentimientos familiares o amistosos no sabían acallar ese latido y soñaba con estar enamorada.
A veces pensaba que el lino blanco del uniforme de colegiala, que perduró en su delantal de maestra, la había convencido de que llevaba un escudo de pureza que la separaba de cualquier experiencia que pudiera rozarle la carne. Ya no usaba el delantal blanco, pero la visión de ese escudo se le presentaba en ocasiones. Cuando viajaba de pie en el ómnibus por ejemplo, o en un ascensor, y se hacía inevitable el roce con un pasajero; imaginaba que sus huesos eran de barro blanco y podían disgregarse si continuaba el contacto. Al mismo tiempo sentía que algo amenazaba con desbordarse de un cántaro y aparecía el impulso de atar a ese hombre a su cintura con un lazo. Entonces, la visión del lino blanco. Y la sensación de que esas manos lo mancharían, que quedaría la secuela del perfil de los dedos sudados luego de que tocaran su piel. Secuela irreversible, delatora. A veces creía que toda ella se había convertido en un delantal blanco desgastado, olvidado en la cuerda de tender la ropa. La invadía esa forma de desesperación que no llega a las lágrimas y no permite que baje la fiebre. De algún modo habían escondido en su mente la idea de que los hombres, todos, caminan junto a cortejos de pensamientos suciosNo siempre llega el día, pero para ella llegó. Apareció el hombre que por sus méritos o defectos, o por obra de las circunstancias, le avivó el deseo de despojarse del escudo.
Fue en aquel bar en el que esperaba que dejara de llover, sentada en el taburete alto de la barra, bebiendo sola una copa fuerte que no se atrevía a pedir cuando estaba con sus amigas. Antes que nada, escuchó el ritmo de su respiración. En el intento de acomodar su paraguas, él le rozó la pierna un poco más allá de la rodilla, que había quedado descubierta debido a la altura del asiento. Lindas piernas eran y ella lo sabía. Y él se lo dijo, finamente, galantemente. Como toda mujer, llevaba su secreto entre los muslos, y le vinieron unas ganas locas de ser descifrada. Conversaron y se forzó por ser original, interesante. Comenzó y siguió la ronda. La lluvia quería apagarle la sed de otra piel y el antiguo blanco comenzaba a ser subyugado.
Desde aquel día, todos notaron que estaba cambiando, pero ella no quería contar nada; prefería palpar sin testigos los pliegues de esa satisfacción rara, que parecía modificar sus tejidos. En esto pensaba cuando le vino inesperadamente a la memoria el verso final que recitara en coro en el acto escolar, hacía mucho, en quinto grado..." y todos unidos saludamos a la patria". Cosas de la mente, se dijo, pero algo la inquietó. De todos modos, se sentía plena, ejerciendo por fin el oficio de amar.
Habían ido al cine y todo estaba encaminado hacia el encuentro total. Tragó su pudor envuelto en saliva picante y dijo que sí a la invitación. Estaban, por fin, en el departamento solitario. Comenzó a desnudarse y se sintió orgullosa de sus pechos aún erguidos, de su vientre tenso que sería explorado de un modo que no conocía. Sería una nueva manera de tocarse, un contacto húmedo de manos ansiosas en busca de redondeces y cavidades. Su viejo latido tomó un ritmo alucinante y cuando yacía en la posición en que la mujer vence, adoptó súbita e inexplicablemente la cadencia de aquel coro escolar "todos unidos saludamos a la patria"..., y sintió el pelo tirante por las trenzas que le hacía mamá y escuchó el tono absoluto de su recomendación: hacé siempre caso a lo que diga la maestra, ¿entendiste?, y a la maestra de quinto grado ordenando al comenzar los ensayos…, al decir "todos unidos saludamos a la patria" niñas y varones se toman de la mano, pero eso será el día de la fiesta, no antes, no es correcto, sobre todo para las niñas, que se toquen ni antes ni después, ¿entendieron?
PÁGINA 5 – NUESTROS POETAS

Malinche.

En la borrascosa noche de Tlaxcala
serpientes del oráculo revelan
signos que mis dioses no comprenden.
Junto al lago donde anida el dolor
relucen los pájaros de la lluvia.
Delirio de ardorosos bárbaros
vinos bermejos que auguran la muerte.
Bajo el volcán de profetas y demonios
muerdo el desabrido pan del deseo.
Menos a ti, todo hombre he castrado.
Yo, Marina de Payla,
náufraga en desérticos labios
guío tu lengua al quetzal del vientre tolteca.
Sangre que brota entre dos puñales.
No temo al retumbo de arcabuces,
a vigorosos corceles de fuego
horadando la ciudadela enmudecida.
Menos el silencio, todo he abandonado.
De ignoto saber sospecha mi destino.
Venero este relámpago del asombro
relato de otro dios sobre Tlaxcala.
Mis palabras derrumban un imperio.
Mis palabras construyen la memoria.

César Bisso (Santa Fe)

El dolor de los otros, es mi propio dolor”
-L.E.L.

Tu boca sobre mi boca y tu aliento en mí, recorriendo confines de silencio,
de prejuicios, de condenas, de llaves, de candados

Irrupción
de sal y lágrimas en este dolor hondo,
en el placer de la carne
motivada de enseres cotidianos en la esperanza de ser uno y no más
y sin embargo ser muchos en ataduras sin retorno.

Vivir ese tiempo mortal de la pasión que aquieta el gemido de la piel,
y corre tras las dunas silentes del deseo;
baja los párpados de la inocencia en la entrega irrepetible
y deja marcas en los sentidos aguzados de esperas .

Y después, ¿con qué lleno este corazón deshabitado,
cuando no hay trinos , cuando llega la noche y la soledad agita las cortinas,
cuando el agua borra las últimas huellas de tus dedos,
y me quedo así, como un panal vacío,
hoja marchita de un invierno que me escupe el paso de los años?.

Quizás, lo que me quede sea vivir del ayer, del pasado, de prestado,
de ratos, de minutos.
O morir cada día sin saber quién apagó el fuego,
fijas las pupilas en el almanaque , en las horas sepias crepitando lentamente
en el hogar de los recuerdos,
mientras a mi lado pasa el tiempo por las calles oscuras,
huidizo de ilusiones, callado y macilento ,cuando mi corazón espera el beso,
para alcanzar alturas en la cresta de la despedida
y desaparecer, brizna, espuma, arena mancillada,
sola, sin ataduras, sin andamios, sin soportes, sin almohadas.

Lidia Esther Lobaiza de Rivera (Coronda)

Luna no conquistada.

El idiota que burbujea palabras
o el inventor del invento,
el que abre sus manos con aves flamígeras
o el decorador de horizontes no dibujados,
el que mata por derecho o por matar,
el suicida
el bien informado
el enfermo de sol y arena
el que simula vuelos que no tiene
el que al cerrar los ojos no los cierra.
Todo hombre sin importar rango,
color, genética, continente, lengua,
océanos atravesados, guerras hechas y por hacer,
lunas conquistadas, colonias sometidas,
sueños devorados, palabras inconclusas,
gestos alucinados...
Todo hombre, alto, flaco, bajo, gordo,
atlético, deforme, sedentario.
Todo hombre es una señal habitable,
es un cosmos, es dios en su seno,
es la terrible soledad de saberlo,
es la libertad invernando,
es la duda que mora en la respuesta,
es la verdad inconclusa,
es un cielo a dibujar,
es una luna no conquistada.

Oscar Agú (Santa Fe)

Llueve,
el mundo se va a acabar y no parece importarnos.

te contemplo desde los pies,
duermes como duerme un pétalo,
respiras con la calma que tienen las nubes para no caminar de prisa.

en silencio,
sosegado,
te descubro con el meditativo asombro que tenemos al observar las cosas brillantes,
voy recorriéndote lentamente, con tacto de ciego o de equilibrista.

Te amo como desde una isla,
a flechazos,
te encuentro entre las sábanas como se encuentra al sol entre los dedos,
la vida se ha convertido en esto que nos hace sentir el pecho lleno de luceros tibios, tormentas en el bosque, poemas de pizarnik, caricias silenciosas y palabras que te dije al oído.

Te miro mientras duermes y puedo cerrar los ojos porque te he memorizado de a poco, de forma minuciosa y exacta,
te llevo conmigo como llevo los dedos o mi amor por la botánica,
te guardo escondida en un maletín de aire o de corales violáceos,
permaneces conmigo entre las uñas y los párpados.

Intento mantenerte intacta entre yo y el yo que te mira,
entre voces y caminos que se superponen en mí y en el mundo,

te amo con una constancia arácnida,

con empecinamiento y premeditación budista.

te amo hasta que nos quedamos dormidos
hasta que tu mano y mi mano son una,
hasta que me duele,
hasta el silencio.

Arturo Castro (Venezuela-Santa Fe)

El paisaje es la gente
quisiera salir esta tarde
de sol o de lluvia
hacia el oeste de mi vieja calle
a escalar la más alta montaña
en la magia cambiante de sus colores;
entre nubes y llamas
aguiluchos y cóndores iría
pero al oeste de mi simple pueblo
que es liso y llano
no hay ninguna montaña o montañita

quisiera jugar con la nieve
independiente en el parque junto al lago
o esquiar entre verdes pinares
pero en mi pueblo hace años que no nieva
y nunca he visto en trineo a los niños
entre lobos y perros
o amasando muñecos con copos
radiantes

salir por mi calle hacia el este quisiera
hasta dar con la orilla marina
y trepar a los altos barcos anclados
al viejo puerto de ultramar de Juan Ortiz
pero mi pueblo nunca ha dado al mar

el paisaje más lindo -dijo mi padre-

es la cara de los viejos amigos
y casi todos mis viejos amigos

siguen viviendo aquí
sin ir más lejos

Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez)
PÁGINA 6

La voz de Gelman.

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires)

No es usual, por desdicha, que algún libro de un poeta argentino contemporáneo llegue a ser publicado hoy por una gran editorial. Y, mucho menos aún, que no se trate de algún título aislado sino de la reedición de prácticamente todo el conjunto de su obra. Hay quien dirá que, en el caso que ahora nos ocupa, ello se debe quizá al hecho de haber llegado a convertirse en hombre público, y que los avatares de su historia personal (por otro lado tan entreverados con la historia de todos) han venido a convertirse en algo así como una caja de resonancia para su poesía.
Y si bien es verdad que, ya desde su mismísimo primer título: Violín y otras cuestiones (1956), su innegable lirismo surge ineludiblemente confundido con sus nada conformistas opiniones políticas y sociales, también es cierto que desde allí mismo comienza a hacerse acaso patente la mutua honestidad que ya lo constituye desde entonces y que no le iba a permitir convertirse para nada, en absoluto, apenas en un módico transmisor de consignas.
Esa tensión, fecunda como tantas otras, entre su doble fidelidad a la poesía y a sus ideas, no se ha manifestado apenas en lo superficial, en lo aparente, en el concepto y, por tratarse de un escritor de raza, se ha trasladado como aliento vivo al cuerpo mismo de su propia escritura, la cuestiona y la sostiene, la inquieta y la alimenta. Y si una prueba de fondo de su autenticidad en tal sentido la manifiesta su absoluta imposibilidad, casi visceral, orgánica, para aprovechar su propia historia, en tantos sentidos trágica, como muchos otros tan diferentes de él manejan hoy sus relaciones públicas o su marketing, si todo nos asegura que la resonancia obtenida ha sido totalmente espontánea, inocente, fruto maduro de las circunstancias y nunca de su voluntad, hay otra prueba más reciente en el mismo sentido. Y es el hecho de que su propia escritura haya ido ahondando legítimamente su experiencia, en el sentido de lo raigalmente humano e incluso metafísico pero, como debe ser, por el libre fluir de su propia espontaneidad creadora, sin artimañas ni dobles intenciones.
Quiero decir que en el merecido éxito de Gelman como poeta, que ha de incluir probablemente también sus vicisitudes de hombre público, que allí se entremezclan en gran medida, el hecho de que él mismo haya ido abandonando ciertas temáticas demasiado evidentes para profundizar en otros sentidos, tal vez menos redituables desde el punto de vista del negocio editorial, no me parece sino otra prueba de aquella doble honestidad a que antes hacía referencia. Y que lo digan si no esos dos libros ejemplares, en ese y otros sentidos, que son Dibaxu (1994) e Incompletamente (1997).
Por ejemplo, en el volumen que hoy consideramos: Interrupciones 1 (Seix Barral, Buenos Aires, 1997), donde se reúnen otros siete libros que van desde 1971 hasta 1980, es decir signados en la mayor parte por su exilio, si en gran medida su estilo continúa aquí diferenciándose no sólo por su peculiar construcción, por su nada demagógico abandono de las mayúsculas y de los signos de puntuación tanto como por su particular escandido, de riquísima, escasamente populista y conmovedora entonación, se vuelve también significativo en ambas direcciones por la absoluta preponderancia de las preguntas (¿de los cuestionamientos quizás?), temblorosas y tocantes, antes que por las afirmaciones. Y aquellas honduras desprendidas de lo anecdótico comienzan a aparecer, en forma natural, casi desde antes de la mitad de este volumen, para confluir en una profunda elaboración de impensadas referencias, sin embargo a la postre claramente comprensibles, que van desde Santa Teresa y San Juan de la Cruz hasta Homero Manzi o Gardel y Lepera, que afinan y ahondan su expresión también en lo que podríamos llamar formal, ya que, si bien sostenida siempre por el mismo aliento poético, va dando lugar casi instintivamente a la emergencia de formas clásicas del lirismo de nuestra lengua, a veces sólo barruntadas o rozadas, aunque por supuesto animadas por la entereza y la originalidad de siempre.
Es que, me animaría a sugerir, si hubo alguno de aquellos primeros momentos en que pudo hablarse de la hasta lógica presencia de alguien como César Vallejo en el desarrollo de su obra, en el ejemplo humano y poético del gran poeta peruano que no podía, vistas sus peculiares inquietudes, dejar de seducirlo y atraparlo primero por su sonoridad y su contacto, exteriores, de piel, hoy bien podríamos decir que ya se han abandonado aquí todas estas y otras superficies para ahondar en el meollo esencial de la existencia y del lenguaje que, también, por otro lado, es el Vallejo esencial cuando logramos adentrarnos en lo pleno de su vivencia, en lo que nos contagia antes que en lo que apenas logra transmitirnos. Inocente, como él, y aunque no se lo proponga, por propia deriva de su ser, de todo lo que no sea lirismo esencial, vida y muerte desnudas, Juan Gelman logra también contagiarnos su vivencia, su evidencia, incluso más allá de que a cada lector le toque coincidir o no, total o parcialmente, con sus opiniones.
PÁGINA 7

El más vivo de todos.

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe)

El más vivo de todos es el Rauli que ayer se cayó a las casas con un pollo entero. El abuelo ni lo dejó respirar porque ya estaba arrancando las maderas de la ventana y preparaba el juego y después de sacarle las partes podridas lo puso al juego y le tiró vinito del tetra y quedó tan rico que era para bailar.
La Laucha dijo que era una porquería, que todo era una porquería y se puso a llorar, pero a la Laucha ni hay que llevarle al apunte porque para ella no alcanza ni el castillo de Alibabá, así que mejor salir por el aujero del fondo y buscar, aunque cada vez hay menos de menos y ni te alcanza ni para esto.
El problema verdadero es el frío, la mama se abriga y se abriga pero no hay manera, porque el techo está todo con aujeros y te entra un chiflete que te agarra hasta el corazón y se te paspan los labios y no se puede ni decir ni una palabra porque en seguida te viene el dolor de garganta.
Más problema hay cuando vuelve la lluvia que te moja todo y ni te podés defender porque cae por los aujeros del techo que el abuelo ni sabe arreglar ni el hombre que anda con la mama ni nadie y a mí tampoco porque ni sé por dónde empezar. Así que hay que meterse en los rincones y aguantarse. Uno, acá, tiene que aguantarse.
Por ai se cae un cacho de la pared y hay que correrse rápido para otro lado porque si no ni te salvás del chiflete, pero en el otro lado está el abuelo o está la Laucha o está el hombre que lo único que sabe es chuparse con el treta y te da una con esa mano grande que tiene que ni te deja un hueso sano pero suerte que soy flaco y rápido y no me puede alcanzar.
El agua sigue al lado mismo de las casas y tiene un olor a repodrido que no hay quien se la aguante pero la mama dice que más mejor no podemos estar y que tenemos que dar graciaadió que encontramos las casas cuando ni sabíamos ni para dónde ir.
Porque el agua llegó de pronto al barrio y vino con el frío y vino con el chiflete y nos rompió la pieza y nos dejó con el culo al aire y don Juan no apareció más y nadie supo y nadie sabía nada en el barrio que era un puro griterío con los ladridos de los perros y los caballos que se ponían como locos y uno que andaba con los nervios de punta porque no había ni un lugar donde esconderse.
En las casas somos como mil y hay que andar con cuidado porque se viene cada uno oloroso y con faca en la cintura y vino el Gurí que trajo el revólver y cuando se ponen con el treta se ponen como loco y mejor rajarse por el fondo y irse lejos, a ver si pescamo una mojarra o un sábalo o un bagre pero ni eso, el otro día saqué una zapatilla toda rota y después un tarro y lo único que pasan son la caja del tetra vacía, do botella y las bolsitas de plástico.
El problema es el tetra y el otro problema son la pastilla porque cuando se ponen con esas se ponen todos locos y lo mejor es irse un poco lejos pero no hay lugar porque siempre está lloviendo y te pasan cerca los coso de Prefetura y te miran como si te quisieran bajar de un hondazo y hay que hacerse el tonto y hacer como que no esisten. Yo pesco, siempre ando con el ril y la caña y trato de sacar algo pero el agua se pudrió y los pescados salen todos muertos y podridos y lo que saco es una zapatilla rota y una botella de la cocacola.
Los de Prefetura te tienen podrido porque ni hay una que los conforme. Vienen, miran, revuelven que te dejan las casas que es una porquería y después se van sin decir la menor palabra como dice la mama que cuando los ve vení dice otraveotraveotravé y se manda mudá a los fondos de donde vuelve cuando ya es de noche y hay que guardarse porque llegan lo tiro y cuando llegan lo tiro no te perdonan ni así.
Decí que el hombre tiene una mano grande como un ropero y anda calzado y mejor ni te le acerqué porque te baja de la manopla que te da, pero lo negro quieren sacarte todo, hasta la botella vacía de la cocacola. Y se la quieren llevar a la Laucha. El hombre dijo que sí y le pidió al Gurí como tre treta y la puta que lo parió de plata pero la mama dijo que no y se puso mala y lo sacó a los sillazos y nosotros la ayudamos con las piedras. Pero de seguro que van a volver porque cuando hay hambre de mujer no hay quien te los pare, como dice el abuelo.
Lo que tenemo es hambre de comida, cuando viene el camión de los soldado todo está bien porque ellos te dan la polenta y el arró y lo fideos, pero cuando no vienen porque se rompió el puente y hay un barro asqueroso que es todo un chiquero el hambre te empieza a apretá y a apretá y la panza te hace unos chiflidos y el dolor de la panza ni con el agua ni con el mate se te va, qué se te va ir.
El abuelo necesita la indición, pero ni uno quiere venir para las casas para ponérsela, así que el abuelo anda medio que se cae y medio que se tira en las cubijas y no habla con nadie y a vece da miedo porque parece que se murió nomá.
Tiene que tomá cosas caliente, dice la mama pero no hay de dónde, y ella dice que lo va a perder y entonces no aguanto más y me voy al fondo y salgo de la casa y tiro el ril a ve si sale algo y no sale ni mierda ni la botella de la cocacola nada porque lo único que hay acá es el barro y el plástico y la lluvia finita que se mete por toda parte, que no te deja ni cuando andas dispierto ni cuando te dormí.
A lo negro lo que no se le pasa es el hambre de la Laucha, así que vuelven, la relojean, la siguen, le dicen barbaridá y la mama se pone bizca de la rabia que le da y le dice al hombre que lo saque a lo negro y al Gurí y el hombre no tiene gana, a él lo que le importa es la plata, aquí en las casas no hay ni un guita, grita el hombre, y ésta come por mil, y la señala a la Laucha que se viene conmigo y se sienta y ni quiere hablar con nadie porque lo que quiere es encontrar al Marcial y al Marcial ni se lo vio más desde que vino el agua.
La Laucha viene y me dice que tiene un miedo que se caga toda, porque el hombre la quiso vendé por poca guita nomá y que la mama apenas que si se enteró y que si no se entera ya estaría con el Gurí que es más pior que las arañas y capá que la lleva a Buenosaire y ni la vemo más.
El hambre es como un aujero en la panza que ni te deja respirá y la mama se queja y el abuelo parece muerto tirado entre las cubija y la Laucha llora porque el Marcial ni aparece y vinieron el Gurí con lo negro para hablá con el hombre y mandarse mudá con la Laucha y hasta a la mama parece que le está dando lo mismo así que la Laucha viene y me pide que la ayude.
¿Y de qué la voy a ayudar si con lo flaco que soy me hacen pomada con que me miren no más? Así que me voy a pescar y la primera vez que voy y saco un pescado flaquito que me lo como crudo, así como está y aunque me clave las ejpinas me siento mejo y si ella no quiere ir con el Gurí que no vaya que para eso ella decide así que mejor que se lo busque al Marcial y que se vaya porque en las casas ya ni se puede vivir como dice la mama.
El que la tiene que ayudá es el Rauli porque es el más vivo de todos pero el Rauli se mandó mudá porque dijo que en las casas ni se puede estar y si vienen lo negro te machucan todo y no te van a dejar sano ni el cerebelo, así que se fue y si te he visto no me acuerdo como dice la mama y la Laucha tiene más miedo todavía.
Qué la voy a ayudá, mejor vuelvo a ver si saco la mojarrita, si saco el bagre, si saco el sábalo si saco mucho sábalo podemo comer como lo reye como decía el abuelo que ni se levanta más y la mama dice que si tuviera la indición seguro que se sana pero lo de Prefetura te miran con un odio que te achuran todo y después se van y si te he visto no me acuerdo, así que se va a morir y la Laucha llora más porque esa te llora hasta cuando cae la lluvia así que ahora te llora todo el tiempo y en las casas hay miedo porque si no para seguro que el agua se viene y nos lleva como hizo con el barrio que ahora no está por ningún lado y hay agua y nada más.
El abuelo tiene un ronquido feo, el hombre se pone loco y toma más y me manda un mamporro que suerte que soy flaco y puedo correr que si no me come todos los huesos, la mira a la Laucha y dice está noche te me va con el Gurí y la mama llora y ya no habla más.
La única luz que llega viene de la calle porque en las casas ni velas tenemo. La mama le pone la compresa al abuelo y le quiere dar un mate cocido pero el abuelo lo gomita así que se vuelve un enchastre y ronca más y el hombre se pone loco y me larga un mamporro que me pega en la cabeza porque no me agaché a tiempo y quedo medio boludo mientras lo negro se me cagan de la risa.
Después me pongo en un rincón y me limpio lo moco y ni en pedo voy a llorá, lo único que quiero es un chumbo para darle en la cabeza al hombre y a la negrada boluda que la miran a la Laucha y el Gurí que se la quiere llevá pero ella lo quiere al Marcial que desde que vino el agua ni se vio y no volvió nunca más.
La Laucha viene y me dice ayudame que me va a llevá esta noche el Gurí.
Pero en la noche y en lo oscuro el abuelo deja de roncá y la mama lo sacude y lo vuelve a sacudí y también lo sacudo yo y lo sacude el hombre pero el abuelo no responde y lo que pasa es que se murió.
La mama se descompuso y le dijimos que se acostara un poco que cuando vinieran los de la Prefetura le vamos a decir que se murió el abuelo para que se lo lleven. Al hombre no le interesa esa cosa y se pone a tomá del treta con el Gurí que vino a llevarse a la Laucha y ya está, y ella me agarra el brazo y se pone a temblá y yo siento lo moco que mojan toda la cara y digo que el Rauli tendría que estar ahora y también el Marcial pero no hay ni en las casas ni en ningún lugar.
La mama no puede más y llora y yo le digo acuéstese mama y los otros, lo negro, el Gurí, el hombre, andan en pedo no más y yo le digo duérmase que yo me quedo dispierto y la mama se envuelve en las cubijas y se pone a roncar y me apuro y le digo a la Laucha andate patrás y ni respirés.
Los coso de la Prefetura me miran como se mira a un moco, a un poquito de mierda, pero a mí ni me importa y les digo que se murió el abuelo y que lo vayan a buscar. Hay un frío de mierda y me tiemblan los güesos pero todavía hay que volver a las casas y va a ser lo mejor que lo negro y el Gurí y el hombre se empeden porque si me abarajan de un mamporro seguro que me matan.
Es más pesau que las piedras el abuelo, ayudame, le tengo que pedir a la Laucha, ni hablé ni grité ni que te escuchen. Suerte que en lo oscuro no se ve ni lo que se respira. Tiramos, tiramos, salimos por el aujero del fondo, ni hablé, le digo a la Laucha hablando bajito, no doy más pero hay que seguir hasta el agua que está ahí no más. Y entonces llegamo. Y entonces lo tiramo. Chau abuelo digo al ruido que se hunde.
Después voy y le digo a la Laucha que se ponga en las cubijas del abuelo y ella que no, que no quiere, pero cuando estoy por chirliarla escucha la carcajada del Gurí y deja de protestar y se escuende y se tapa toda sin que yo le diga nada más.
Después vienen los de la Prefetura y piden por el cuerpo del abuelo y que quién les avisó dice el hombre pero ellos no dicen nada y yo me escuendo y la mama llora cuando uno agarra de una punta la cubija y el otro la agarra de la otra y de un golpe seco la ponen al fondo del camión y se van.
Pior que a un perro, llora la mama y yo me quedo afuera mirando cómo se va la luz chiquita del camión hasta que no la veo más.
No bien afloje la lluvia y salga otra vez el sol me voy a ir a pescar. A lo mejor saco un bagre entero y se lo llevo a la mama y lo comemo y lo regamo con vinito y lo ponemo a bailar.
PÁGINA 8

La sirena del aire.

Por Alejandro Maciel (Corrientes)

En algún año del siglo XVII hubo un capitán que, amargado por la enfermedad de la nostalgia y el abandono de sus amigos, se hizo a la mar buscando una isla. En la isla, según decían sus camaradas, vivía un monje ermitaño muy sabio que podría ayudarlo.
Zarpó al mediodía cuando el sol rutilaba en el cabrilleo marino y dio instrucciones tan confusas al timonel y al piloto que la fragata se perdió en la bruma de un pasaje que todos llamaban "el silencio tenebroso". Nada se movía en la quietud mórbida de esas aguas espesas cuyos miasmas parecían supurar una niebla verdosa y picante que escocía los ojos. El capitán sabía que traspasada la calma especiosa y malsana, se encontraba la isla. Y en la isla una cueva. Y en la cueva un león que custodiaba la entrada al cenobio donde el monje escribía cláusulas a los textos sagrados.
Pasó un día y el barco seguía inmóvil, como amarrado a las fuerzas de las profundidades. Al segundo día el piloto se acostó en la amura y abandonó el timón inútil en la parálisis de la nave que no podía avanzar ni retroceder porque el aire se había coagulado a su alrededor. Al tercer día se escucharon golpes en la quilla, hacia babor. El capitán bajó una escala de gato y por ella trepó una bellísima Sirena.
Era una criatura límpida, de tez parecida al alabastro, casi traslúcida. En sus ojos, si no habitaba la divinidad, estaban los rastros de esa visión. -He vivido mil años en las profundidades, -dijo con voz tímida-. Ya no soporto las tinieblas ni el hondo pesar del mar. Quiero vivir en la luz.
El capitán se limitó a encogerse de hombros; no buscaba redimir a nadie ni librar a un inocente de sus culpas. No buscaba ayudar: buscaba ayuda. Buscaba en el mar al monje que le daría paz a su vida.
-Puedes vivir en mi barco, -respondió sin dar mucha importancia a sus palabras que seguían lánguidamente a sus pensamientos.
La Sirena suspiró hacia la lejanía y respondió sin alzar los ojos:
-Sigue siendo el mar.
El capitán pensó un momento, algo inquietante le había cedido la extraña criatura envuelta en algas que pisoteaba su propia cola con dos aletas del color del acero bien pulido. Ahora, repentinamente, sentía una infinita lástima por la Sirena pensando que también ella sentía el dolor de la nostalgia; que vivir diez años en las profundidades sería un castigo insoportable; pero mil años ya ofendía el pensamiento.
-¿Quieres que te deje en algún puerto? ¿Quieres vivir en tierra?
-Yo misma podría haber llegado al puerto más próximo. Necesito el aire, ¿acaso ignoras que las sirenas fuimos criaturas aladas en el pasado? El vértigo de volar es la libertad. Han pasado más de mil años pero aún recuerdo la libertad. Nunca se olvida el origen de la vida.
El capitán se puso pensativo. Atardecía con un cielo desgarrándose en rojos y violetas cuando empezó a soplar el viento. El barco se puso en movimiento y el piloto despertó de su largo sueño para retomar el timón.
-Sé lo que haré contigo-, dijo al fin el capitán. Te izaré en la cúspide del campanil de la iglesia más alta que encontremos. Allí serás feliz indicando a cada cual el rumbo de su libertad.
-¿Cómo puedo indicar a nadie la felicidad si yo misma no la conozco?, preguntó la Sirena con dulzura.
El viejo capitán recordó que durante una tempestad, en la nasa, habían rescatado del fondo agitado del mar una lira de oro que él guardaba celosamente en su camarote. Bajó a buscarla sin decir nada y al acariciarla sintió que algo muy delicado estaba a punto de suceder. La lira de oro parecía temblar como esas gaviotas que a veces caían exhaustas en la cubierta de la nave. Se la dio a la Sirena.
-Si puedes tañirla sabrás lo que es la felicidad y dónde encontrarla, señaló mirando fijo la frente nacarada de la doncella del mar.
No bien la tuvo en sus manos la Sirena meció sus dedos traslúcidos y era como si un cristal rozase el oro desprendiéndole la música más sublime que jamás se había escuchado. La música de los ángeles.
El capitán comprendió enseguida que se había unido dos partes del universo que se necesitaban desde los lejanos tiempos de la primera luz. La Sirena empezó a cantar y su voz llenó el vacío que había impuesto la tristeza al capitán, que había removido viejas culpas e hizo que el sueño huyese de sus ojos.
El piloto, diestro en el manejo de la rosa de los vientos, señaló a lo lejos una vieja iglesia de piedra recostada contra el farallón. Tenía una torre y en lo alto, el sitio de la veleta estaba vacío junto a la cruz.
-Allá serás dichosa, dijo.
Han pasado muchos más de cien años. La Sirena con la lira de oro sigue allá en lo alto, temblando, asida a los vientos para indicar el sitio exacto donde éstos van a extinguirse en la calma. Con sus dedos de anémonas de cristal hace la música que indica a cada cual el sitio desde el cual puede perdonar el pasado y bendecir el futuro. El capitán comprendió que en ese sitio empezaba la paz que estaba buscando.
Ya no necesitó encontrar la isla, ni despertar al león de su letargo. El monje escribiría entonces, en los márgenes de un texto sagrado:
"La belleza nos enseña a salvarnos de nosotros mismos".
PÁGINA 9 – PÁGINAS MEMORABLES

Vicente Aleixandre.
Poeta español nacido en Sevilla en 1898.
Su infancia transcurrió en Málaga, y aunque desde los trece años se trasladó con su familia a Madrid, el mar dejó una profunda huella en su poesía. Fue miembro de la Real Academia Española y uno de los grandes valores de la poesía del siglo XX.
Su primer libro, «Ámbito», fue publicado en 1928, al que siguieron, «Espadas como labios» en 1932, «Pasión de la tierra» en 1935, «Sombra del paraíso» en 1944, «Mundo a solas» en 1950, «Nacimiento último» en 1953, «Historia del corazón» en 1954, «Poemas de la consumación» en 1968, «Diálogos del conocimiento» en 1974 y póstumamente «En gran noche» en 1991.
En 1934 fue Premio Nacional de Literatura y en 1977 recibió el Premio Nobel de Literatura.
Falleció en Madrid en 1984.

Nacimiento del amor.

¿Cómo nació el amor? fue ya en otoño.
Maduro el mundo,
no te aguardaba ya. Llegaste alegre,
ligeramente rubia, resbalando en lo blando
del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa
me pareciste aún, sonriente, vívida,
frente a la luna aún niña, prematura en la tarde,
sin luz, graciosa en aires dorados; como tú,
que llegabas sobre el azul, sin beso,
pero con dientes claros, con impaciente amor!
Te miré. La tristeza
se encogía a lo lejos, llena de paños largos,
como un poniente graso que sus ondas retira.
Casi una lluvia fina -¡el cielo azul!- mojaba
tu frente nueva. ¡Amante, amante era el destino
de la luz! Tan dorada te miré que los soles
apenas se atrevían a insistir, a encenderse
por ti, de ti, a darte siempre
su pasión luminosa, ronda tierna
de soles que giraban en torno a ti, astro dulce,
en torno a un cuerpo casi transparente, gozoso,
que empapa luces húmedas, finales, de la tarde
y vierte, todavía matinal, sus auroras.
Eras tú, amor, destino, final amor luciente,
nacimiento penúltimo hacia la muerte acaso.
Pero no. Tú asomaste. ¿Eras ave, eras cuerpo,
alma solo? Ah, tu carne traslúcida
besaba como dos alas tibias,
como el aire que mueve un pecho respirando,
y sentí tus palabras, tu perfume,
y en el alma profunda, clarividente
diste fondo. Calado de ti hasta el tuétano de la luz,
sentí tristeza, tristeza del amor: amor es triste.
En mi alma nacía el día. Brillando
estaba de ti; tu alma en mí estaba.
Sentí dentro, en mi boca, el sabor a la aurora.
Mis ojos dieron su dorada verdad.
Sentí a los pájaros
en mi frente piar, ensordeciendo
mi corazón. Miré por dentro
los ramos, las cañadas luminosas, las alas variantes,
y un vuelo de plumajes de color, de encendidos
presentes me embriagó, mientras todo mi ser a un mediodía
,raudo, loco, creciente se incendiaba
y mi sangre ruidosa se despeñaba en gozos
de amor, de luz, de plenitud, de espuma.

Reposo.

Una tristeza del tamaño de un pájaro.
Un aro limpio, una oquedad, un siglo.
Este pasar despacio sin sonido,
esperando el gemido de lo oscuro.
Oh tú, mármol de carne soberana.
Resplandor que traspasas los encantos,
partiendo en dos la piedra derribada.
Oh sangre, oh sangre, oh ese reloj que pulsa
los cardos cuando crecen, cuando arañan
las gargantas partidas por el beso.
Oh esa luz sin espinas que acaricia
la postrer ignorancia que es la muerte.

El poeta se acuerda de su vida.

Perdonadme: he dormido.
Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.
Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.
¿Vivir en ellas? Las palabras mueren.
Bellas son al sonar, mas nunca duran.
Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora
o cuando el día cumplido estira el rayo
final, ya en tu rostro acaso.
Con tu pincel de luz cierra tus ojos.
Duerme.
La noche es larga, pero ya ha pasado.

El olvido.

No es tu final como una copa vana
que hay que apurar. Arroja el casco, y muere.
Por eso lentamente levantas en tu mano
un brillo o su mención, y arden tus dedos,
como una nieve súbita.
Está y no estuvo, pero estuvo y calla.
El frío quema y en tus ojos nace
su memoria. Recordar es obsceno,
peor: es triste. Olvidar es morir.
Con dignidad murió. Su sombra cruza.

Unas pocas palabras.

Unas pocas palabras en tu oído diría.
Poca es la fe de un hombre incierto.
Vivir mucho es oscuro,
y de pronto saber no es conocerse.
Pero aún así diría. Pues mis ojos repiten lo que copian:
tu belleza, tu nombre, el son del río, el bosque,
el alma a solas.
Todo lo vio y lo tienen. Eso dicen los ojos.
A quien los ve responden. Pero nunca preguntan.
Porque si sucesivamente van tomando
de la luz el color, del oro el cieno
y de todo el sabor el pozo lúcido,
no desconocen besos, ni rumores, ni aromas;
han visto árboles grandes, murmullos silenciosos,
hogueras apagadas, ascuas, venas, ceniza,
y el mar, el mar al fondo, con sus lentas espinas,
restos de cuerpos bellos, que las playas devuelven.
Unas pocas palabras, mientras alguien callase;
las del viento en las hojas, mientras beso tus labios.
Unas claras palabras, mientras duermo en tu seno.
Suena el agua en la piedra. Mientras, quieto,
estoy muerto.

Sin fe .

Tienes ojos oscuros.
Brillos allí que oscuridad prometen.
Ah, cuán cierta es tu noche,
cuán incierta mi duda.
Miro al fondo la luz, y creo a solas.
A solas pues que existes.
Existir es vivir con ciencia a ciegas.
Pues oscura te acercas
y en mis ojos más luces
siéntense sin mirar que en ellos brillen.
No brillan, pues supieron.
saber es alentar con los ojos abiertos.
¿Dudar...? Quien duda existe. Sólo morir es ciencia.
PÁGINA 10 Y PÁGINA 11 – RESEÑAS DE LIBROS

Pájaro Azul - Cuentos de Gloria de Bertero. Editorial Vinciguerra -Nuevo Cauce. Buenos Aires, 105 págs.

En este reciente libro de Gloria de Bertero se pone de manifiesto su exquisita sensibilidad y ese amor inclaudicable que siempre hace presente por la Felicia natal, pueblo que motiva su carácter de escritora, que es “el sitio de encuentro con la esperanza más próxima”, como bien lo anota Lidia Vinciguerra en el reverso de este volumen que hoy llega hasta nosotros.
Biógrafa, ensayista, poeta y periodista, ha recibido numerosas distinciones provinciales, nacionales e internacionales con sus libros de ensayo, poesías y cuentos traducidos a diversos idiomas y estudiados en talleres del país y universidades del extranjero. Partícipe de más de treinta antologías, su Quien es Ella en Santa Fe, tomos I y II (actualmente está preparando el Tomo III), fue declarado de Interés Cultural por la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe, en 1996 y 200l. Conferenciante y jurado en narrativa y poesía en concursos organizados en Buenos Aires y Santa Fe, ha sido Faja de Honor de la ASDE y la SADE y sus libros se tradujeron al italiano, portugués, ruso, inglés e hindi.
Esta sensible escritora se hace presente en la oportunidad con una obra del género Cuento: Pájaro Azul, que no hace más que poner de manifiesto su idoneidad literaria, esta vez con historias sencillas y representativas de diversas situaciones íntimas remitidas sobre todo a etapas de su quehacer familiar. Como cuando en la pieza titulada Pobre grandeza, expresa: “Yo fui aquella que un día hizo noche de lágrimas la Tierra, y un hongo de almas se elevó a los cielos dejando una Hiroshima de muerte, nada más que de muerte”.
Su entrega a los demás se pone de manifiesto en Quien es Ella en Santa Fe, donde su dedicación desinteresada a conocidas o ignoradas mujeres santafesinas vinculadas con el arte y las relaciones humanísticas, llevó a una editorial alemana a pedirle “autorización para publicar biografías de los dos tomos de la obra en el Archivo Biográfico de España, Portugal e Iberoamérica hasta 2001, que figuran en Quien es Ella en Santa Fe, aparecerán en dichos libros en el año 2006, aproximadamente”.
En realidad es una enorme satisfacción para los santafesinos (en especial) tener una representante de tal jerarquía en las letras que supieron de la calidad de escritores como Luis Di Filippo, Gastón Gori, Mateo Booz, José Pedroni, Diego Oxley y muchos más.
Jorge Alberto Hernández (Santa Fe)

Desde otras voces – Alebrijes – Norma Segades – Manias – Edición de la Universidad Tecnológica Nacional – 86 ps.

Este es un libro que viene precedido de auspiciosos comentarios. Desde la opinión de la escritora y editora Lina Zerón, responsable de la primera edición mexicana (“Norma Segades es una mujer de temple y garra que tiene prohibido renunciar a la poeta que vive en sus entrañas, a pesar de los obstáculos. Es una poeta bien plantada que desea libertad para su gente, que presta su voz al marginado, a los que sufren, a los que tienen hambre. En este libro, encontró Musas en el brillo de poemas de otras poetas hermanas. Le damos gracias por regalarnos su talento.”), pasando, entre otras, por la valoración de la escritora Lourdes Vázquez, premio Juan Rulfo de poesía 2002, residente en los Estados Unidos (“Los alebrijes de Norma danzan un baile de sobrevivientes sin máscaras. Aún más, sobre baldosas desarrolla una poesía desgarrante, como nuestro continente.”) o el juicio de Liz Durand, escritora y artista plástica mexicana (“Los versos de Norma muerden, como la verdad. Hacen sentir más cerca la otra mano, hacen que la esperanza sea una sábana tendida al aire, henchida de luz. Sus versos detienen a la llaga para ponerla con ternura en nuestros ojos, sin la estridencia de pus que los lastime. Así, su libro es una de las cuentas en este dolor universal, collar que ciñe corazones y conciencias. Mi admiración por ese manejo cirujano del lenguaje, y sobre todo, por esa comunión con el dolor que nos iguala.”), hasta la crítica de Esther Andradi, escritora y periodista residente en Berlín, quien estuvo en la ciudad de Santa Fe para realizar la presentación de la obra (“Norma Segades- Manias hace del encadenado y desencadenado de poesía un arte. Como las bisabuelas bordadoras que se pasaban los puntos unas o otras, la poeta santafesina toma de sus colegas la letra, la punta del ovillo, y desenreda, organiza, estructura con fabuloso oficio sus poemas - alebrijes, aquellos que aprendió a mirar y a sentir en México. Treinta y dos poemas hilados a partir de la palabra de otras treinta y dos poetas: Pinceladas de Munch, monstruos del Bestiario, descarnados trazos de Otto Dix. Miseria, gozo, el dolor de ser o la piedad. Los filosos poemas - alebrijes de Segades - Manias cortan el rostro. Cualquier cosa menos el olvido.”)
Y ello ocurre porque Norma Segades – Manias ha escrito un poemario contra la indiferencia. Se ha empeñado en presentar un canto triste, una descripción atinada y salvaje, un dolor intenso, inmenso, hecho jirones. Se ha obstinado en mecer, en sus brazos de noble poeta, la realidad sangrante que contempla. Se ha impuesto cultivar su remota y diminuta esperanza en frases, en palabras, que pugnan por salir triunfantes del espanto.
Con desnudez inusual de mujer, de ciudadana irredenta, señala dónde están las llagas, los golpes, la indecencia, habla desde la aspereza de la realidad sin olvidar las caricias ni las utopías, se atreve a desmenuzar con paciencia de condenado, la sociedad huérfana de alegrías en la que crece y espera.
Así nos habla de tú a tú. Mirándonos a los ojos. Y nos demuestra que nadie permanece inalterable después de dejarse atravesar por estos textos, porque en ellos hay ese algo excepcional, esa verdad lacerante que atraviesa los siglos, los países, los idiomas.
Los poemas que forman este libro, van precedidos de un epígrafe escrito por mujeres poetas que ella conoció en el País de las Nubes, México, en noviembre 2003. Epígrafes que son utilizados como muro protector, como escudo desde donde poder alejarse, quizá un poco, de ese dolor larvado durante años en su país, para analizar desde otros ojos, desde otras filosofías, desde otras realidades, la suya propia.
Leamos, entonces, Desde otras voces, busquemos, en nuestro entorno, cada uno de los personajes que deambulan por sus versos y preocupémonos, en definitiva, si nuestra mirada cobarde no los encuentra.
Silvia Delgado Fuentes (Euskal Herria)

Sonetos bíblicos, precisamente – Pedro Casaldáliga – Editorial Claretiana – 64 ps.

El Centro Nueva Tierra presenta estos veinticinco sonetos del escritor y poeta Pedro Casaldáliga.
Nacido en España, el autor es también ordenado sacerdote en su país de origen, donde se hace misionero claretiano. En 1971, y ya en Sudamérica, es ordenado obispo de Sao Felix de Araguaia (Brasil), donde es autor de tantos libros como discos y videos, y es conocido su compromiso evangélico con la justicia y la paz, constituyéndose en un firme representante de la Teología de la Liberación.
“Pocas cosas existen más frágiles que la palabra”, dice la Presentación para Argentina de estos sonetos. La misma añade que “esa misma fragilidad es capaz de contener verdades, bellezas y maravillas.” Y remarca que esto no sucede “a pesar de la fragilidad de las palabras, sino que es posible debido a esa fragilidad. Sutiles como el viento o como el aliento de los hombres, las palabras son capaces de contener mundos enteros…”
Pastor y poeta, Don Pedro Casaldáliga recrea en este pequeño libro veinticinco poemas bíblicos, en los que la voz del autor habla de una vocación. “Queremos ser y hacer hijos y hermanos / sobre la tierra madre compartida, / sin lucros y sin deudas en las manos, / sueltos los ríos claros de la vida…” (Soneto I-El paraíso).
Desde este canto inicial, nos lleva al encuentro con Abraham, y a conocer el sabor del éxodo; pero sobre todo a descubrir a Jesús. El de la Navidad y Nazaret. Pero también al Cristo de la Cruz. Y sobre todo al Señor de la Pascua.
Para el Obispo Pedro Casaldáliga la solicitud por los pobres, en sintonía con el Evangelio, es lo cotidiano; pero también su posición pública y ampliamente conocida. La cual marca su vida. En el soneto 11, que rememora el primer milagro de Jesús en las bodas de Caná, él escribe: “La verdad es que no tenemos vino. / Nos sobran las tinajas y la fiesta / se enturbia para todos, porque el sino / es común y la sola sala es ésta // (…) Sangre nuestra y de Dios, vino completo, / embriáganos de Ti para ese reto / de ser iguales en la alteridad…”
El poemario concluye, y no podía ser de otro modo en esta peregrinación lírica de un hombre de fe, con un soneto referido a la visión última de Dios, claro que resaltando la transformación del hombre en la visión beatífica. Del soneto 25 son estos versos finales. “Como eres Tú el que fuiste, humano, hermano, / exactamente igual al que moriste, / Jesús, el mismo y totalmente otro, // así seremos para siempre, exactos, / lo que fuimos y somos y seremos, / ¡otros del todo, pero tan nosotros!”
María Teresa Rearte Basla (Santa Fe)

Palabras – Revista-libro de integración cultural - Alejandro Maciel – 170 ps. - Editorial Servilibro – Asunción del Paraguay -

La revista-libro Palabras es una idea original del novelista paraguayo Augusto Roa Bastos, defensor de este ideal de fusión propicio al diálogo cultural entre escritores de Brasil y el resto de Hispanoamérica. Pero solamente los nueve años compartidos con el mejor escritor paraguayo convencieron a su director acerca de la importancia de lograr la integración de los pueblos a través de la cultura y a Editorial Servilibro de hacer realidad el proyecto del Premio Cervantes 1989.
En este primer volumen participan autores de Argentina: César Bisso, Marta Cwielon, Marcelo Fernández, Esteban González, Pilar Muñoz Romano, Darío Schvetz y Norma Segades – Manias; Uruguay: Miguel Angel Campodónico, Juan Carlos Mondragón, Teresa Porzecanski y Omar Prego Gadea; Paraguay: Alejandro Maciel, Luis Hernáez, Pepa Kostianovsky y Amanda Pedrozo: Brasil: Francisco Alvim, Cacaso, Cláudi Celso Alano, Alai Diniz García, Orides Fontela, Armando Freitas, Sebastiao Nunes, Roberto Piva, Cristóbal Tezza, así como académicos de Canadá (José Carlos Guerrero), España (José Vicente Peiró, docente de la Universidad Jaime I de Castellón), EE. UU. (Jennifer French) y Francia (Eric Courthés).
Incluye, además, un discurso pronunciado por Augusto Roa Bastos en la Universidad de Florianópolis (Brasil), en donde el escritor habla de la necesidad de contar con un material que sirva de "puente" para los pueblos, "más allá del mercado y las postales de turismo".
Ofrecida al público en la sede de la Embajada de Brasil en Asunción, estuvieron presentes, entre otros, el hijo de Roa Bastos, Carlos Roa Mascheroni; la catedrática argentina Ana María Donato; Norma Segades – Manias y Pilar Muñoz Romano como integrantes argentinas del Comité Editorial; el Rector de la Universidad de Integración de las Américas y, en representación del Señor Embajador, el Señor Secretario de Comercio del hermano país.
De aparición semestral, ya se han recibido nuevos aportes de críticos especializados pertenecientes a prestigiosos centros universitarios como La Sorbona, París X, y las universidades de Toronto, Massachussets, Valencia y Bolonia.
Actualmente la Universidad Federal de Florianópolis trabaja en la traducción al portugués de estos volúmenes que tendrán presencia activa en los dos mundos: Brasil e Hispanoamérica, aislados durante siglos por el mutuo desconocimiento.

El vuelo de la noche – Marta Ortiz – La Editorial Universidad de Puerto Rico – 228 ps.

Difícil arte el del cuento, ese texto que dice tantas cosas sin decir casi ninguna; ese texto que llega silenciosamente, con sólo una voz en sombras que murmura algo sobre alguien o sobre otro algo que se confunde con el paisaje o sobrevuela como los instantes de dolor una playa desierta, una habitación en la tarde. Difícil arte el del cuento, al que se llega por caminos impensados, como en un relámpago, pero al que hay que ir trabajando, cuidando, abrigando, guiando y, cómo no, obedeciendo a la voz nebulosa que se confunde con el recuerdo y la premonición, con el deseo y con el rechazo.
Difícil por todo eso que estoy tratando de decir y difícil porque la forma es traicionera: mucho pero poco. Poco, muy poco, pero de ser posible todo y si no, mucho. ¿Cómo hacer eso? ¿Cómo lograrlo en palabras? ¿Cómo decirlo? ¿Cómo engañar a la gramática? ¿Cómo hacer para que una simple tajada de vida, un detalle, una ocurrencia, ocupe nada más que los párrafos necesarios, los menos, y nos envíe, a veces brusca, torpemente, a todo lo que fue una vida y a su final o su resignación?
Muchos lo supieron y nos dejaron un espejo en el cual mirarnos, páginas en las que hundirnos hasta no poder respirar más que eso, palabras y pausas y maneras de decir lo de siempre pero no como siempre. Muriel Spark lo supo, ella que acaba de morírsenos en su Inglaterra, la que la consagró como “nuestra gran dama de la narrativa”; Poe, ahogado en su propia desdicha, Maupassant, el Cortázar de los primeros libros, Borges, claro está.
Muchos, muchas, tratamos de aprenderlo y se nos va la vida en la felicidad de ese aprendizaje. Y a veces pasa que nos encontramos con quienes están recorriendo ese camino, tratando de llegar a la iluminación de un cuento, desplegando palabras y ámbitos y acontecimientos y fulgores que nos han de conducir a alguna parte, a un ignorado refugio en donde nos espera el sentido de toda una vida a la que no se nombra sino que se alude.
Marta Ortiz sale con éxito de ese aprendizaje, eso que no se aprende nunca pero que se practica y con lo cual se hiere y se fascina. Sus cuentos tienen la dosis exacta de lo que hay que decir y lo que la letra no debe expresar jamás. En “El Vuelo de la Noche” el misterioso aroma de ámbar de Clarice Lispector, que tan adecuadamente preside los textos, deja entrever pálidamente a veces, a golpes de color y sonido otras veces, las vidas de esas mujeres y de esos hombres que atraviesan las páginas, sus difíciles relaciones, el modo en el cual se engañan a sí mismos y a los demás.
En ambientes sofocantes, casas, restaurantes, escritorios sobre los que se escriben misivas de amor y de venganza, detrás de ventanales mojados por la lluvia, en paraísos destartalados, bajo la tormenta, alguien espera o resuelve, algo salta inesperadamente, coincidencia o resultado de un secreto juego de pasiones que ha ido madurando bajo apariencias de tranquilidad o de indiferencia.
El juego que allí se juega, en todos los cuentos de este libro con tanta justicia premiado en la Bienal Internacional de Literatura de Puerto Rico, el juego que allí se juega, es el de todos los días, es lo que se desea y se espera y es al mismo tiempo lo que se teme y resiste o se resiste. Que se trate de pasiones o de sentimientos y sospechas, eso hace a lo que cada una de nosotras, cada uno de nosotros pueda encontrar en el texto. Son lo suficientemente ricos, todos y cada uno de ellos, como para deslizar ante nuestros ojos perspectivas e interpretaciones diferentes.
Pero en todos los casos es la escritura de esos ambiguos movimientos del alma lo que interesa. A primera vista quien lee podría pensar en una escritura que tiende a lo barroco, que trata de no dejar intersticios ni grietas de sentido o de eufonía. Hay que advertir que eso también puede ser engañador, como las relaciones y las reacciones de los personajes.
Tiene la escritura de Marta algo de minimalista, algo de la transparencia de un Ishiguro o un Kawabata, y conste que es a propósito que hago mención de dos autores japoneses. Hay una voluntad de azogue, de devolución de imágenes, de hitos en un camino pedregoso, que va llevando a quien está de este otro lado del libro, a una conclusión que puede parecer endeble o inestable y que sin embargo nos deja prisioneros de lo que vamos pensando. Concluimos que todas las piezas del cuadro ocupan su lugar y que, sin embargo, nos invitan a dar otra vuelta de tuerca a lo que se ha dicho.
Lo importante es que se haya dicho y cómo se lo ha dicho. Los cuentos de Marta dejan de pronto de pertenecerle porque los vamos incorporando a medida que leemos, sumándolos a la rica experiencia de todos aquellos que pasaron la vida aprendiendo a decir y no decir, a contarnos un cuento, a enseñarnos a no quedar en silencio.
Angélica Gorodischer (Rosario)

El amanecido – Leopoldo Castilla - Edición El Mono Armado – Buenos Aires (2005)

Conocí la poesía de Leopoldo (Teuco) Castilla a partir de su libro Nunca, (Último Reino, 2001) que le ha ganado un merecidísimo Premio Municipal, al que siguieron Libro de Egipto, Línea de Fuga, Bambú y El amanecido. Espero conocer en algún momento la totalidad de su labor para consagrarle la atención que merece. Estas líneas, dedicadas a su último libro El amanecido sólo en parte salvarán esa deuda contraída conmigo misma al descubrir, hace pocos años, a tan singular como valioso poeta.
Pienso que Teuco Castilla, a quien su padre dio este apodo indígena con que le nombran sus amigos, es como Monsieur Jourdain, que hablaba en prosa sin saberlo. Lo reconozco como un metafísico que se declara ateo y agnóstico, y acaso ignora la estética metafísica de Platón, o las elucubraciones de Heidegger sobre el poeta como pastor del Ser. De todos modos su poesía, que dista de ser ingenua, es una equilibrada combinatoria de tradición y modernidad, es decir de visión religiosa y espíritu crítico.
Toda su poesía se halla abierta a la disolución de las fronteras que separan la vida sensible del sueño y las realidades ultraterrenas. Al instalarse en ese territorio indiviso que Eduardo Azcuy denomina continuum metafísico, Teuco mantiene una permanente familiaridad con la muerte, mira desde la visión suprarreal – que no llamo surrealista por mantener su figura al margen de toda capilla literaria - y se muestra más próximo de la cultura popular que de las estéticas modernas.
Con inocultable arraigo en su provincia, Salta, donde se formó junto a su padre, el gran poeta Manuel Castilla – omnipresente en sus libros- su madre y sus hermanos, en la proximidad de personajes ligados a la tierra, la copla, las devociones y el vino; formado asimismo en una cultura intelectual, cimentada en vastas lecturas, viajes y confrontación de ideas, Teuco se ubica en una encrucijada cultural que la decadencia de la vida moderna parece haber agudizado. Apuesto, por mi parte, a que su cuota de pensamiento crítico no ha logrado abolir las fuertes vivencias de su infancia ni su contigüidad con mitos y devociones propias de su región natal. Por el contrario, es esa lucidez adquirida con el tiempo la que le ha permitido valorizar esa herencia, dinamizada por su disposición poética y visionaria.
Sólo así se explica este bello libro – ¿y qué cosa es la belleza sino el estremecimiento que produce el esplendor de lo sagrado? - donde un hablante que no se oculta en modo alguno pero tampoco se muestra ostensiblemente, oye las voces del silencio, percibe y comunica el misterio real, dialoga familiarmente con sus muertos, prevé y convive con su propia muerte. Teuco Castilla, como ya he dicho, toma la suficiente distancia como para visualizar su propio estar, su situación existencial en el tiempo y en el mundo, las características de su actitud personal, declarada en el poema que inicia el libro, dedicado a Pedro González:
Bebo con mis dioses/ con Xangó, dios del trueno/ protector del ebrio y el amante/ (...) Bebo con Vishnú, a quien no pude despertar de su lento absoluto... Bebo con la Pachamama, porque le pertenezco.... y con el Señor del Milagro, que brillaba como un fruto / en el terror / en el luto/ y el espejismo del alma de mis abuelos (...) Y estoy yo, ateo, sin iglesias/ milagroso/ y en otro rincón7 también yo con siete años/ mirándome mirar/ los sentires de mi madre7 y a mi padre ardiendo7 maravillado7 herido 7 entre cantores difuntos (...)
El sentido de la “irrealidad” que se superpone a su visión cotidiana lo acerca, tanto a un cuadro de Magritte como a las ancestrales tradiciones del Norte Argentino, que se abren a la América Latina. El surrealismo. por imperfecto que haya sido, fue como dice Pierre Mabille un donner à voir, una apertura hacia otras órbitas culturales que pocos de sus actores europeos se atrevieron a trasnsitar. Lo evoco naturalmente cuando leo en el texto de Leopoldo Castilla “De esas dos mitades sólo una es real. /Hechizada por su aparición,/ y antes que la luz la disuelva / engendró la otra para verse.” o bien esta otra declaración, que surge de un grupo familiar que mira cómo el muerto se va de la fotografía:: El hombre (...)nada, sonambulo, en el cardumen de los antepasados/ y va tenue de pensamiento/ a ese otro pensamiento/ que es la muerte.”
Si me permito atribuir al poeta una actitud implícitamente religiosa lo hago en base a su relación con lo tremendo y fascinante que los antropólogos han definido como zona sagrada ,y no por un concepto de Dios, o una teología dogmática. Hablar del hueco de dios es percibir de alguna manera el polo oculto de la realidad, la otra cara de lo visible. Desde esa percepción ampliada se visualiza toda realidad natural como espectral, fugitiva, tendida a su propia consumación ineludible. Frecuenta Teuco la proximidad de un saber que es del hombre supersticioso, con quien en cierto modo se identifica porque él también vuela insurrecto por su cristalería. del campesino, que el primero de agosto, en Salta, sahuma su casa y ofrenda a la Pachamama. Dicen los campesinos que el primero de agosto las piedras paren. ... Desfilan por las páginas de Teuco otros personajes, de su patria y de otras patrias, una griega nonagenaria a punto de desnacerse vuelve a ser la niña Kiriaki Silves, naciendo donde nada se ha salvado. Otro, ya desapareciendo del cuadro, necesita cada vez más mundo para aparecer.
Vemos paisajes de trasmundo, tardes cotidianas atravesadas por un aire de muerte, hombres que van hacia dios y otros que se despeñan hacia sí mismos. Y los amigos Francisco Madariaga, Joaquín Giannuzzi., que han transpuesto el límite de lo diurno, evocados en poemas antológicos.
Finalmente, los padres vuelven a tener su lugar en la poesía de Leopoldo Castilla, una poesía no elegíaca sino trágica, pero casi despojada de dramatismo: poesía donde la tragicidad del vivir y el morir es aceptada como esencia de la condición humana, es su prodigio inagotable, su paulatina revelación.
Graciela Maturo (Buenos Aires)
PÁGINA 12

No más de diez palabras.

Por Orlando Van Bredam (Formosa)

In memoriam de J.

Dicen que he matado. Eso dice el tordo que me visita. Yo no estoy seguro. Tengo la memoria tapada como con humo. Como con humo de una quemazón de pasto fresco. Todo va y vuelve en mi cabeza. A veces hay como un viento que disipa todo. Se va el humo y veo claro. Pero no siempre. Ahora, cuando escribo me pasa eso. Empiezo a ver más claro. Veo el cuerpo desnudo de Rita. Nunca pude decir mi vieja. Como decían todos. O mi madre, como se dice en la escuela. Hasta cuando escribo digo Rita. No más de diez palabras por oración. Así nos pedía el profe: no más de diez. A mi padre lo veo mejor. Ahora, después de todo, lo veo mejor. En realidad no sé si era mi padre. De todos modos me puso su apellido. Escalera.¿Cómo pudo llevar un apellido así? Era bajito y retacón. Mis hermanos también. Yo fui el único alto de la familia. El único que hizo honor al apellido. Alto, pesado y barbudo. Con una mirada que asusta, me dijo mi madre. Una mirada con luces fijas, con fuego quieto.
Mi compañero de celda come cucarachas. Es hábil para cazarlas. Las sostiene de un ala. Las suelta vivas dentro de la boca. No las mastica, sólo las traga. Le gusta llamar la atención. Cuando llegué, él ya estaba. Me presenté. El se abrió la bragueta . Escribió Rulo con orina en la pared. Se reía. Tuve que reírme.
De afuera llega el olor de los jazmines y chivatos. La luz dura más en la ventana. Es primavera.
Cierro mi cuaderno.

El tordo me pregunta por mi viejo. Yo prefiero hablar de Rita. Ella me había desgraciado la vida. Desde chico. Tampoco estoy seguro si fui a matarla. La quise amenazar como otras veces. Empezó a los gritos. “Hijo, no” decía.
“Por favor, hijo, no”. Mi viejo estaba ese día en casa. Nunca estaba, pero ese día sí. El tordo me pide que siga hablando. Yo desconfío y callo. Todo lo que diga será usado en su contra. Le recuerdo esa frase. Se ríe. Me dice que no podrá defenderme si me callo. No me defienda, le digo. Tengo la memoria tapada con humo, le digo.
Rulo tiene un porro. Fuma y me lo pasa. Yo me tiro sobre el colchón. Rulo camina en puntas de pie con los brazos extendidos. Le devuelvo el porro. Le da una pitada larga. Se sienta sobre mi colchón. Me pone la falopa en los labios. Lo siento agitarse sobre mí. Me acaricia el cabello. Le detengo la mano y me levanto.
Es de noche. La primavera arde afuera.

Mi padre era un hombre importante. Mejor dicho: había sido importante. Fue el primer dentista de Raíces. Llegó recién recibido y recién casado. Dicen que Rita era hermosa. No había una mujer más hermosa en Raíces. Tenía una cinturita así. Vestía como una reina. Las mejores marcas. El dentista hacía dinero rápido y fácil. No era muy bueno pero era el único. Siempre de chaqueta blanca. Y cuando salía, traje y corbata. Esa maldita corbata.
“Un hombre sin corbata no es un hombre”.Se lo digo al Rulo. El Rulo baila sobre un pie como un marica.

Un día me puse una corbata y un saco. Me le aparecí a Rita en la cocina. “Sacate eso antes de que venga tu padre”. Sólo eso me dijo. “Sabés que no le gusta que toquen sus cosas”. Sólo eso me dijo. Yo quería que ella me viera. Desde que nacieron mis hermanos no me veía más. Los hombres importantes usan corbatas. Mi padre dejó de usar corbatas. Dejó de ser importante. Ni siquiera para su mujer. Mi padre renunció a las corbatas. Y renunció a nosotros.
El Rulo está eufórico. Se ha parado sobre su cama y grita. “Todos los guardias son cornudos” grita. Nadie le hace caso. Ni los guardias.

Dicen que Rita era hermosa. En una caja de zapatos yo guardaba fotos de ella. Cuando nació mi último hermano se desmoronó. Engordó hasta deformarse. A esa altura, todos estábamos desbarrancados. El primero en caer fue mi padre. Dejó las corbatas en el placard para siempre. La chaqueta ya no estaba muy blanca. Yo era chico pero vi los cambios. No discutían. Nunca los vi discutir. Sólo escuchaba desde mi pieza la voz de ella. No era enérgica ni implorante. Nunca supe de qué hablaban en realidad. Al otro día, él desaparecía. Por varios días. Cargaba las líneas, la conservadora, la escopeta. Y se iba.
El Rulo me asegura.”No te van a dar menos de diez años”. Y asegura también: “ Si te portás bien, salís en seis”. Sólo hace tres meses que estoy aquí. El Rulo me convida con una cucaracha. No acepto.

Rita era hermosa y codiciada. Muchos hombres la codiciaban. Tenía un cabello rubio, largo, natural. Me gustaba verla cuando se peinaba. Cuando soltaba esos cabellos sobre los hombros desnudos. Y esa piel. Y esa elegancia de mina fina. Muchos hombres la miraban. Entiendo que no podían no verla. Yo me daba cuenta y sufría. Todos se volvían estúpidos delante de ella. Algo tenían que decirle o insinuarle. Sólo los muy pobres o los secos se callaban. Ella sonreía feliz. Disfrutaba de ese juego. Yo me llenaba de vergüenza.
El Rulo me dice que sólo los pobres caen presos. Y los giles. Que a él le falló un diputado que si no. Le digo que mi familia está en la ruina. Que mis hermanos no me quieren suelto. Soy el monstruo de Frankenstein, le digo.

Esa noche, no era muy tarde, escuché voces. En realidad, no eran voces. Eran gemidos. Pensé que Rita se sentía mal. Abrí la puerta del dormitorio y los vi. Ella desnuda. Toda desnuda. De espaldas a la puerta y sobre él. Ninguno de los dos podía verme. Cerré y salí. No se dieron cuenta.
“Fue algo raro" - le digo al Rulo. “No sentí rechazo ni vergüenza”. Cuando descubrí que no era mi padre la odié. Mi padre no estuvo esa noche. Ni las siguientes.

Estoy seguro de que mi padre no era mi padre. No tenía nada de él. Ni su cara, ni sus ojos, ni su altura. Mucho menos ese gusto por la caza y la pesca. A mí, a los catorce, me prendió fuerte la magia. La magia negra. Esoterismo y esas cosas. Con un vago del barrio Mitre nos juntábamos a leer. Leíamos un libro de magia oriental. Después entramos en el hipnotismo y toda esa onda. Queríamos hipnotizar una mina y gozarla. Yo practicaba todo el día en casa. La miraba fuerte a Rita para ver qué pasaba. Querido, tu mirada me asusta me dijo un día. Eso me alentó. Probé con una compañera de curso en un recreo. Qué te pasa, preguntó. Tenés luces en los ojos, como un fuego quieto. Dormite, le decía, dormite. Le daba órdenes pero ella sólo se reía. Nada me altera más que la gente que se ríe. No puedo soportar que se rían de mí. Me pongo loco. La dormí de un piñazo. Me echaron de la escuela.
“A mí también me echaron” dice el Rulo. “La escuela es para los giles. O para los ricos”.

Una sola cosa saqué de la escuela. “ No usés más de diez palabras por oración. No te compliqués” nos decía el profe de lengua. Le hago caso. Escribo en este cuaderno no más de diez palabras. Me hace bien. Me distraigo. Vuelo lejos.
El Rulo me respeta cuando escribo. Me mira con cierta admiración. O extrañeza.

Cuanto más me miraba en el espejo, menos parecido. No tenía nada de él. Mi cuerpo era grande, blanco, perfecto. Estaba seguro de que él no tenía un palo así. Si no, Rita no hubiera buscado a ese otro. Yo era hijo de ese hombre. De ese hombre sin rostro. Todo el pueblo tenía que saberlo. Las mujeres tenían que saberlo. Escalera no era mi padre. Ni esos otros, debiluchos, enfermizos, eran mis hermanos. Un día me subí al techo de la casa. Me puse a tomar sol desnudo. Completamente desnudo.
“Armaste un flor de revuelo” comenta el Rulo. “Me imagino las caras de las viejas”.
“Se les hacía agua la boca” le digo.

Mi padre cambiaba chaqueta cuando la mugre era indisimulable. Casi no tenía pacientes. Había conseguido un sueldito en el hospital. Y otro sueldito en la escuela. El auto, el último Falcon quedó abandonado en la cochera. Los yuyos rodearon la casa. La pobreza y el abandono comenzaron a acorralarnos. Rita, sin embargo, seguía siendo linda todavía. Un día me descubrió mirándola vestirse. “Qué hacés acá? Sos grande ya” me dijo sin escándalo. “Claro. Cumplí 18 el martes o te olvidaste?” le dije. Me sonrió. Era viernes. Todos los viernes mi padre se iba de caza y pesca. Ella también. Se había puesto un vestido rojo, entallado. Se paraba segura, elegante, frente al espejo. Lo mejor que tenía mi madre era esa cola erguida. Puse un poster del Che Guevara sobre la cama. Le pregunté “ese es mi padre?”. Me miró espantada. “Pregunto si ese es mi padre” insistí. “Tu padre...es tu padre” me dijo. Balbuceante. La tomé de un brazo. La hice volverse hacia el poster. “Mentira- grité- ése es mi padre”. Cuando cayó sobre la cama la cubrí con el poster. “Este es el hombre que te hace el amor” grité. Fui cortés. Tenía palabras terribles. Me las guardé. Lloró. Acurrucada, lloró. Yo también lloré, claro.

“En realidad, yo no quise matar a nadie” le digo a mi abogado. El abogado me mira como a un loco. Todos piensan en Raíces que estoy loco. Que siempre estuve loco. Pasa que yo era distinto a los demás. Era hijo de un ser superior. Un hombre importante que vino de lejos. Y pasó sobre mi madre. Y me hizo en una noche o en varias noches. No debió ser tan fácil hacerme a mí. El abogado está incómodo, tiene ganas de irse. “Usted no está sano” se anima a decirme. “Podríamos intentar llevarlo a otro lado” se anima. Entonces no hablo más. Me callo. Se va.
“Qué es la locura, viejo?” me pregunta el Rulo. “A mí también me querían hacer pasar por loco”. Rulo enciende otro porro y gime y gime. Como un animalito castigado.

Con el vago del Mitre nunca pudimos hipnotizar una mina. Lo intentamos muchas veces. Nos apostábamos a la salida del nocturno. Ahí venían minas piolas. Yo me fui de corbata para ser más importante. Les salíamos en la oscuridad, de sorpresa. Nada. Gritaban, era un quilombo. Una noche se nos sumó un borracho con un tetrabrik. En su media lengua nos dijo “invítenla con vino”.Una alumna me pegó un carterazo y escapó. El borracho se reía. Me miraba y se reía. Entonces me abalancé sobre él. Cayó boca abajo. Fue su perdición. El vago del Mitre se fue a dormir.

“En mi casa siempre hubo armas” le digo al tordo. “Escopetas y revólveres” aclaro. Ese revólver estaba en la cómoda del dormitorio. Siempre estaba descargado. Esa tarde no. ¿Mi padre lo había cargado? ¿Por qué?. Yo lo usaba para asustar a Rita. Mejor dicho: para que Rita se hiciera la asustada. Era un juego. Los viernes se bañaba a las seis en punto. Una hora después que mi padre se iba. Cuando ella estaba vistiéndose, yo entraba. Ella simulaba un reproche. Yo sacaba el revólver de la cómoda y la encañonaba. Ella pedía clemencia. Yo apoyaba el revólver en su cabeza. Le rogaba que me mostrara cómo me había hecho. Aquellas noches, claro. Con el Che Guevara. Ella lloraba. Yo abandonaba el juego.
“Vos sí que estás pirado” me dice el Rulo. No se ríe. No me gusta la gente que se ríe.

“Sacaste la sonrisa de él. Y la mirada” me dijo Rita un viernes. “¿Del Che?” pregunté ansioso. “De tu padre, Escalera es tu padre”.
La odié. Desde ese día la odié más que nunca. No esperé que fuera viernes para amenazarla. Cualquier día y cualquier hora me daba lo mismo. Esa tarde la obligué a desnudarse completamente. “Hijo, no” me decía. “Por favor, hijo, no”. Ya no era la mujer codiciada. Había perdido las formas. Yo solo sentía repugnancia y odio, mucho odio. El estaba ese día en casa. Nunca estaba pero ese día sí. Abrió la puerta del dormitorio y se interpuso. Me pidió el arma. Me reí. Le dije que no haga quilombo, que era un juego. No me creyó. Avanzó hacia mí para quitarme el revólver. Apreté el gatillo para asustarlo. Dos o tres veces. “Eso fue todo” le digo al tordo.

No más de diez palabras. Reviso las oraciones de mi cuaderno. Ninguna tiene más de diez palabras. Se la entrego al tordo. Me prometió hacer una copia en su PC. Sin errores de ortografía. Le advierto: no más de diez palabras. Sonríe y guarda el cuaderno. Se va mejor que anoche.

Estoy aprendiendo a cazar cucarachas. Después de un año no es tan difícil. Las sostengo de un ala. Las suelto vivas dentro de mi boca. El Rulo me aplaude.

PÁGINA 13 - POETAS ARGENTINOS

Paisaje.

Sólo a través de estas hojas que caen
te vuelvo a ver, como en el alba,
a una colina.

Cualquier ave es la última,
y es también la primera,
Entonces, por el cielo.

yo abro los brazos en la más tenue cruz.

Y sí a tus pies, igual
que un agua entre las piedras,
el balbucir de lo que aún no ha muerto.

Alejandro Nicotra (Córdoba)

Una tarde los lagos olvidaron su orilla
y se fueron despacio a copiar otros cielos,
otros pájaros mansos y otros árboles quietos.
Recuerdo que cantabas con tu voz de presagios
una canción que hablaba de palomas perdidas
y que el viento paraba de repente en tu pelo
y que andaban las sombras desparramando ocasos.

Yo dibujaba soles de tibiezas amables
alumbrando paisajes de imposible memoria
en la arena por donde descalza acariciabas
otras huellas remotas, otros atardeceres.
No se si el horizonte no guardaba silencios
para llover, en nubes de palabras gastadas.

Tal vez haya cedido a la primera sombra
el privilegio mío de tocarte callada.
Tal vez. No se. Imagino que no supiste nunca
cuantos dolores caben en un recuerdo solo,
tantas palabras vanas, tantas desolaciones
y tanto miedo exhausto de inútiles batallas.

Cuando te fuiste nada se quedó con mi sombra,
te acompañó en la ausencia mi rutina de bocas
compartiendo el milagro de la sed insaciable.
Se me acaban las ganas, la impaciencia, las horas,
los motivos arcanos. Sólo la sed perdura.
y aún quisiera beberte, y aún quisiera estrenarte.

Leo Sabranski (Entre Ríos)

Quien iba a creer
que el futuro era esto.
Estar sentado frente a una ventana
que no tiene cielo,
solo letras y números desconocidos
que me recuerdan que el futuro es esto.
Ver nuestras figuras virtuales en una pared
y no poder abrazarnos
por temor a desaparecer.
Ya no existen las cinco, las seis,
la hora del encuentro,
la hora del café.
Solo una señal que anuncia el fin del día
que no vemos desde que éramos niños.
Desaparecemos con los dedos limpios,
porque las teclas no manchan,
y los ojos secos.
Las lágrimas las risas y el amor,
ya ni se recuerdan.

Esteban González (Chaco)

Tanto esfuerzo para apartarse de sí,
perder su rastro y andar a la deriva en esa mesa : tabla con
una astilla metafísica donde la luz golpea
y vuelve a sí misma.
Ese hombre merodea para no estar :
esto se ve en la mañana inmóvil frente al vaso
y sobre todo en la técnica mayor :
dejar que la mirada caiga hacia afuera
y se extinga lejos de él como un rumor imaginario.

Santiago Sylvester (Salta)

En el principio.

en el principio fue un silbo
apoyado en los álamos
transcurriendo sin prisa

después surgieron los armónicos
misteriosos
acompañantes imperceptibles

desde el prado
llegaban
los ecos de los pasos
y un batir de palmas

allí estaba la música
pero no lo sabíamos

David Lagmanovich (Tucumán)

PÁGINA 14

El señor y la señora Schultz.

Por Patricia Suárez (Buenos Aires)

Durante varios días las nubes ocultaron las montañas. Podía adivinarse que allí estaban los contornos azules, pero mientras tanto, esperaban que las montañas se presentaran a la vista.
Una gran tipa blanca ocupaba el campo visual desde la ventana de la habitación 311. Más allá, dos acacias juntaban sus copas como dos muchachas fornidas que secretean al cabo de la jornada. También había en el parque del hotel un granado y los Schultz iban diariamente a comprobar si habían madurado ya los frutos. Siempre estuvieron verdes las granadas.
En el comedor, debido a los días nublados, estaban encendidas todas las luces. Los haces de luz tocaban un punto y disparaban luego en diagonal: parecía que huían. Solamente dos lámparas estaban concentradas sobre la larga mesa americana con los postres. El repostero, un hombrón morocho, de unos ciento treinta kilos, blandía el cuchillito en el aire y lo hundía después en los postres. Tartas con crema y frutas: kiwi, cereza, banana. Manzanas con caramelo y tajadas de melón.
El Sr. Schultz no quería postre. Quería café, pero en el hotel no lo servían.
La Sra. Schultz dijo:
-Podríamos salir y tomar un café afuera.
-Es tarde - dijo el Sr. Schultz-. Se levantó de la mesa y llevó consigo la llave de la habitación. Hizo un trecho, dos metros o menos, se volvió y preguntó.
El Sr. Schultz:
-¿Venís enseguida, Ana?
La Sra. Schultz:
-Cuando termine el libro.
El Sr. Schultz observó que a ella le faltaba un tercio para acabar el libro.
Dijo:
-¿Vas a leer todo eso ahora?
Ella asintió.
El Sr. Schultz frunció las cejas. Dijo:
-¿Te salteás páginas?
Ella contestó:
- No -. Después sonrió.
La Sra. Schultz tenía en sus manos un libro de psiquiatría. Debía traducirlo al alemán. La Sra. Schultz conocía el alemán a la perfección. Lo hablaba desde que era pequeña.
En el libro, una tal Srta. Helene X. afirmaba "que no tiene más cerebro, ni nervios, ni pecho, ni estómago, ni intestinos; sólo le quedan la piel y los huesos del cuerpo desorganizado". Se llamaba delirio hipocondríaco la dolencia de la Srta. X.
La Sra. Schultz cerró el libro y paseó la vista por la mesa de los postres. El repostero estaba adormilado sobre una banqueta que apenas le ocupaba las dos quintas partes de sus nalgas. Un perro aulló afuera, y el repostero se sobresaltó en la banqueta. A la Sra. Schultz le vino a la memoria Argos, el caniche que el Sr. Schultz no le quiso dejar traer. Argos era un caniche de unos treinta centímetros de alzada, juguetón; ahora estaba muy viejo y perdía el pelo. Nadie se detenía en la calle, cuando ella lo paseaba, para palmearlo.
La silla crujió cuando la Sra. Schultz se levantó para ir a la mesa de postres. También crujió el hueso de sus caderas rotas tiempo atrás y unidas por un clavo desmañado. (Ella solía oír el crujido, el acomodarse y desacomodarse del clavo en la pelvis cuando hacía el amor con el Sr. Schultz. El Sr. Schultz, en cambio, no escuchaba nada).
Cuando llegó a la mesa, ella dijo:
-Qué rico.
Estaba contenta. Hacía meses que no traducía y ahora tenía un buen trabajo. Ella quería que "Del delirio hipocondríaco en una forma de grave de la melancolía ansiosa" de Jules Cotard, se convirtiera, en los círculos psiquiátricos, en una traducción prestigiosa. Que fuera recordada. Como la Moby Dick traducida por Pezzoni -o hasta como la "Lolita", que, por temor a la censura, Pezzoni tradujo y firmó con seudónimo-, o como los Deuterocanónicos por San Jerónimo.
Dijo:
-Es difícil elegir.
El repostero se repantingó. Era ancho como la barrica de roble francés que contenía cabernet sauvignon en la bodega del hotel.
Bostezó:
-Sí, ¿no?
Ella dijo:
-Déme un poco de ésa.
Señaló la tarta de kiwi.
Con la tarta en el plato, ella dijo:
-Qué tentación todas estas tortas -.Sonrió. Usted- dijo al repostero- sería el marido ideal para mí. Si yo fuera soltera, le pediría a usted que se casara conmigo.
El repostero trató de sonreír. Sabía estar tan absorto en sus propios pensamientos que había perdido el reflejo natural de la sonrisa.
Muequeó:
-¿Cómo se llama?
La Sra. Schultz dijo:
-Helena.
-Helena - repitió el hombrón.
No acabó el libro. La luz mermó en el comedor, y se oyó, lejano, el chistido demoledor de una lechuza. Había muchos pájaros en esa región, pájaros que ella no conocía. Aguilas, buitres, cuervos.
Saludó al repostero, con los ojos y agitando cuatro dedos de la mano derecha, al salir. (En su interior pensó, primero, ¿Oirá este hombre el chillido del clavo en mi cadera? Y después, se preguntó, Si me acostara con un hombre tan pesado, ¿no acabaría él con el dúo entre el hueso y el clavo?)
El repostero dijo:
-Adiós.
La oscuridad en el pasillo era aún mayor que afuera, en el parque. Ésa noche era de luna nueva. La Sra. Schultz oía el zapzap de sus muslos gordos al entrechocarse.
Dijo, en voz baja:
-¿Estará dormido?
Al sonido de sus pasos, una sombra delgada corrió a través del pasillo hacia las habitaciones pares. Huyó como un ladrón. Una puerta se abrió y se cerró velozmente. La Sra. Schultz se apuró a llegar a su habitación. Movió el picaporte: al notar la puerta abierta, pensó, Nos han robado.
Paseó la vista, rápida, por el cajón donde guardaban el dinero y los pasaportes. Recién entonces ella se fijó en el Sr. Schultz.
La expresión de él estaba alterada. Estaba desnudo, con las sábanas enrolladas alrededor del torso y con las medias puestas. Eran unas medias de streech azul oscuro. Se notaba que no había estado acostado. Parecía como si hubiera pasado el tiempo andando de un lado a otro como un animal enjaulado.
Ella se acercó y lo miró a los ojos. (Los ojos de él eran pardos, alargados).
La Sra. Schultz dijo:
-¿Qué pasa? -. Su voz estaba levemente alarmada.
El Sr. Schultz:
-Nada, Ana.
Él miró hacia otro lado, y de súbito, abrió los postigos de la ventana.
La noche era una sábana sin una arruga, una sábana recién tendida.
La Sra. Schultz preguntó:
-¿Por qué dejaste abierto? Cualquiera podría entrar y...
El Sr. Schultz hizo algunos pasos hasta ella. Puso las manos sobre sus hombros y la miró un largo momento. Ella frunció los labios y apoyó una mano, maternal, sobre su frente. Él sudaba.
Ella dijo:
-¿Estás bien, Víctor?
Él contestó:
- Sí. Claro.
La noche entera pendía sobre ellos.
El Sr. Schultz preguntó:
-¿Y vos?
Ella lo besó en la boca, cálida y lejana. El beso no hizo ningún chasquido dentro de la habitación.
Luego, apoyó su mano sobre el abdomen. La tarta cortaba por dentro el estómago de la Sra. Schultz.
Trató de recordar la sombra que había visto por el pasillo. Era azul, era, vagamente, la silueta de una mujer, una mujer que salía apresurada de la habitación de su marido. Era una silueta, una mujer azul como el contorno de las montañas a lo lejos. Ya mejorarían los días, se desnublarían, entonces, quizá, ella podría subir la montaña, y conocería todas aquellas clases de pájaros de los que nunca había sabido antes. Los jotes, por ejemplo, que vuelan en redondo cuando huelen un animal muerto. Ya vendría la Sra. Schultz a enterarse cómo era un jote en cuanto pudiera subir la montaña, y hasta tal vez lo viera volando sobre ella, y ella podría decir, entonces, como la Srta. Helene X. de su traducción: "que no tenía ya más cerebro, ni nervios, ni pecho, ni estómago, ni intestinos, ni sentimientos..."
Miró el orujo que era el Sr. Schultz, pálido y sudado, sentado sobre la cama y ovillando su secreto, y luego, despaciosamente, la Sra. Schultz comenzó a desvestirse.

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Apuntes sobre el tremendismo.

Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires)

Esta reflexión, que he bosquejado en compañía de mi amigo Héctor Zimmerman hace algunos años, tiene como punto de partida un placer compartido, una común afición a rememorar ciertos poemas que se han inscripto, en la memoria de muchos de nosotros, como monumentos de una retórica muy especial. Acaso fuera difícil definir en primera instancia esa retórica; pero en primer término, lo que nos ha acicateado en busca de su definición ha sido, precisamente, su misteriosa eficacia, de la que da evidente y abundante prueba la persistencia con que estos poemas se han grabado en nuestra mente.
He querido llamar a esta tendencia poesía tremendista. El tremendismo se despliega en un amplio espectro que se puede presentar en diferentes variables: como exageración goyesca o hiperromántica (en el Nocturno de Silva); como arte mayor (en Byron o Vallejo) o bien como parodia sosa, el kitsch de la angustia de no saber nada de Dios; como simple burla sin otro valor que el parpadeo de la sorpresa pasajera.
No se trata tanto de propiedades estructurales como de determinados temas y tonos, de una voz altisonante que a menudo se traduce gráficamente en la profusión de signos de admiración, y poéticamente en imágenes particularmente llamativas y giros contorsionistas del lenguaje.
En efecto, ¿quién no recuerda el célebre "Me gusta un cementerio de muertos bien relleno" o bien, atravesando fronteras idiomáticas, el justamente famoso cuervo de Poe? Más allá del regocijado revival que puede significar esta empresa, cabe preguntar, sin embargo, por la motivación profunda de estos poemas, por su verdadera intencionalidad estética -a despecho, quizá, del propósito de sus mismos autores. En una palabra, se plantea la pregunta por el tipo de poética en la que se incluyen, poética que, si bien roza en ciertos aspectos las fronteras de lo grotesco, ciertamente no parece agotarse en ellas.
Tratemos de puntualizar algunas de estas distinciones. El tremendismo es, indudablemente, un avatar de lo barroco; pero es demasiado brutal para ser considerado modernista, y demasiado esperpéntico para ser clasificado como romántico. Aun cuando una permanente e hipnotizada atracción por lo exagerado domina en esta poesía, no parece encontrarse en estos poemas -como ocurre en general en la literatura grotesca- la veta de lo propiamente satírico. Si bien en muchos casos, como veremos, la protesta social o política se halla presente, un elemento naïf irrenunciable la vuelve irremediablemente cómica o lírica, muchas veces dentro de un patetismo exhibicionista, antes que convertirla en instrumento de justa cólera contra los opresores. La mirada se concentra en el lenguaje de quien protesta antes que en los injustos poderosos que lo rodean y atacan; en muchas ocasiones un tono de megalomanía y de martirio voluntario no es ajeno a estas diatribas. Porque a pesar de su apostrofismo y altisonancia, el tremendismo parece actuar como catarsis solitaria, desahogo limitado en uno mismo.
El poeta que padece dentro de la sociedad se coloca voluntariamente al margen para apostrofarla, cubrir de anatemas su destino, el destino de la criatura humana. En nombre de Dios se arroga el punto de vista de Satán. A veces la condena social no va mas allá de un amor que por su propia culpa, por imperio de su sino, expulsa al poeta de un imaginario paraíso: "la alegría de haber sido y el dolor de ya no ser", como canta casi todo Discépolo. De esa existencia que le es negada, resta el papel de testigo de cargo, de fiscal que habla en nombre de la Pureza, la Inocencia, en oposición a las lacras de su condición de miserable, de descastado, de paria. El sudor, la gleba, lo que lacera sin piedad son "marcas" que le han sido impuestas, a veces desde la cuna, otras desde una "caída" que puede ser causada por el desengaño, la intrínseca condición de estar vivo y en contacto con los otros. La miseria material acentúa y favorece ese sentimiento al compararse el poeta con "otros", aquellos que se conducen como usurpadores, ladrones de felicidad, que lo desprecian, o -lo que es mucho peor- lo ignoran por completo. Desde la autocompasión con que reivindica el tremendista ataca a los injustos que lo rodean acechándolo. Aquí se abre la dialéctica del cóndor y el renacuajo.
Muchas son las causas que llevan al poeta a adoptar el papel de un evangelista en harapos, a predicar un credo, pleno de escepticismo, una religión de la blasfemia. En la pocilga, en el muladar, en el albañal, levanta su púlpito Almafuerte y para dirigirse a la masa, a su pueblo, a "su" ralea, recurre a una retórica, una suerte de kitsch al revés que opone a lo bello, a lo lindo, a lo aliñado, a los sentimientos bien vestidos y peinados, las greñas de una denuncia que provoca, desarraiga, estremece. En sus Sonetos Medicinales descubrimos una curiosa versión anticipada de las vertientes actuales de la autoayuda, que desecha, sin embargo, la palabra edulcorante para paladear el acíbar: el único néctar que nos será deparado.
Si nos deslizamos al plano de lo erótico, algunas de las características mencionadas acerca de la poesía tremendista en su aspecto social se encuentran también curiosamente presentes en este género, tipificado por Lugones, Herrera y Reissig, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou -entre otras y otros. Aquí los poderes, muchas veces injustos y torturantes, siempre aterradores, se desplazan, naturalmente, a las y los amantes inmóviles, sádicos o embajadores de la muerte, ante quienes los poetas -tanto ellos como ellas- se estremecen masoquísticamente, arrogándoles magias de ultratumba.
Sin duda, la muerte es el referente imprescindible de la poesía tremendista. No se trata de la muerte medieval, liberadora de la carne para los cristianos, niveladora de las diferencias sociales para los escépticos, promesa y gaje de renacimiento para los rabelaisianos. Tampoco se trata de la muerte romántica, tantas veces puerto último de encuentro definitivo para los amantes en desacuerdo con las trampas del mundo burgués, portadora de trascendencia mística y de absoluto final. La muerte tremendista es calamidad truculenta, una suerte de máscara omnipresente, tan siniestra como cómica, tan cómica como siniestra: ni el amor ni el otro mundo la convocan, sino simplemente el terror, el pánico visceral: el antiguo, eterno y cobarde miedo humano.
Como antesala de esa muerte, habría que tener en cuenta además el papel de la enfermedad, presentada en tonos cruentos y con detalles concretos e inapelables. También campea el alcoholismo, muy en especial la tisis -asociada con el hambre- y más todavía la sífilis "Inocularte mi veneno hermano" (Baudelaire); "¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?" (Becquer). Vallejo, por su parte, hablará de los bismutos y mercurios (drogas antivenéreas en esa época). La guerra y la mugre conviven en la belle epoque entre las copas de fino bacarat y el polvo de arroz. La ironía deviene sarcasmo, truculencia, Grand Guiñol.
La mayor parte de las expresiones tremendistas -también las mejores- parecen encontrarse a fines del XIX y principios del XX. Para muchos de estos poetas se trataba, muy probablemente, del placer irresistible de pinchar el globo romántico de la idealización. En efecto, mientras lo romántico une el amor a la belleza, lo tremendista alía lo cómico a lo terrorífico. La particular eficacia del tremendismo se vuelve tanto más profunda en cuanto un romanticismo decadente y acartonado comienza a ajar sus fatigadas pompas y a sonar hueco y deliberado, traicionando su primer ímpetu para volverse amaneramiento y mentira. El tremendismo va eliminando los misterios místicos y delicados del romanticismo para internarse en una oscura atmósfera conmocionante, muchas veces brutal: no sublima, sino que revela, de modo enceguecedor, en una suerte de flash nocturno e imperecedero; no emociona, sino que estremece; no busca la intimidad, sino que intimida.
Lo interesante del tremendismo es que conmueve a pesar de nuestra propia resistencia. El chapotear placentero en la muerte o en lo sexual grotesco a la manera tremendista es la tendencia del niño, ese perverso polimorfo que llevamos todos a cuestas, inadvertidamente pero siempre. El apelar a las imágenes más sensacionalistas o tremebundas para despertar nuestra simpatía social, nuestra piedad o nuestro escándalo puede evocar a veces nuestra sonrisa o nuestro desdén, pero no deja de suscitar las tendencias más subterráneas de identificación en nosotros mismos.
Podemos preguntarnos acerca de la vigencia del tremendismo en nuestra época. La teatralidad farsesca del tremendismo, vista a la distancia, actúa como una luz inocente que refleja y a la vez contrasta con lo perverso y nefasto del teatro del mundo, irrumpiendo en nuestra realidad como una lava destructora. Como un llanto empapado de risa, reconocemos en nuestras reacciones, en otro prisma, la indignación afligida, la incredulidad impotente, la risa a pesar de nosotros mismos que nos embarga ante el tremendismo de lo real que nos rodea.
Al mismo tiempo, la pregunta acerca de la autenticidad de la poesía tremendista, desde el punto de vista subjetivo, no deja de plantearse. Cuando Espronceda escribía "Me gusta un cementerio de muertos bien relleno" ¿ejercía una parodia autoromántica" ¿o bien daba en reírse de sí mismo y de sus lectores, con sus lectores? ¿Era con una verdadera sonrisa de lascivia o con un rictus de ironía que Lugones o Herrera y Reissig perpetraban sus lujuriosos -y maravillosos- sonetos eróticos? ¿Intentaba Almafuerte sólo indignarnos cuando atacaba a Rosas en versos tan indelebles como ridículos?
Aunque imposibles de evitar, estas preguntas no tienen respuesta por ahora, y sería difícil o pretencioso de nuestra parte responderlas fehacientemente con pruebas al canto: dejamos a estudiosos o a eruditos más avezados o felices que nosotros el cuidado de contestarlas. La verdadera intencionalidad de estos poemas se nos escapa, pero entendemos que hay una unidad de género en estos textos que despiertan la complicidad regocijada del lector y obliga a su memoria a retener muchos de estos acentos.
En otras palabras, el tremendismo se destaca porque es más una lectura que una escritura, y esta característica es quizá la prueba más contundente de su contemporaneidad. Un cierto espíritu de revival muy propio de la cultura de fines del XX y principios del XXI anima la mirada con que hemos reunido estos textos y la suerte de nostalgia simpática que inspiran. Su actualidad nos aparece irrebatible: al fin y al cabo ¿no es ante todo tremenda -antes que posmodernista- la época que estamos viviendo?
De algún modo, el tremendismo enarbola una bandera revolucionaria en la estética literaria de nuestros días. Es la protesta subyacente contra las consignas de lo "cool" y lo "light" que parece haber ha dominado la escena poética de nuestro tiempo por demasiado tiempo. Está más cerca de las buenas películas de terror que de las complicadas y prolongadas estructuras novelísticas a las que nos somete el mercado editorial global. Es el terror inocente, que no se ejerce desde el poder ni desde el resentimiento, sino desde la palabra lúdica, liberada de pesadas consignas propagandísticas, ideológicas o políticas. Es la reacción ante lo gris y lo catatónico que ha emergido como respuesta primera, reacción acaso necesaria ante las innegables catástrofes históricas que hemos vivido. Se aparta decididamente de lo intelectual y de lo cínico, de las pequeñas referencias, autoreferencias y contrareferencias culturales, de los chistes hiperintelectuales que afectan nuestros snobs. El tremendismo es el retorno de una pasión colorida y no avergonzada de sí misma, una pasión vital y verdaderamente apasionada. El tremendismo proclama el derecho a la pasión; aún desde una perspectiva circense, es el regreso innegable, irresistible, a la pasión.
Hasta aquí hemos dicho. Ciudadanos y hermanos del mundo de las letras: saludemos al Tremendismo.

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El resucitado.

Por Amanda Pedrozo (Paraguay)

La única que se animó a vivir con el resucitado, además de su perro Aniceto, fue Ester. Vecinos, amigos y también parientes procuraban olvidar que lo conocían aunque sea de vista. Los que no podían borrarlo de su entendimiento dejaron de dormir y dejaron de comer porque no soportaban la responsabilidad del misterio. Decían que Nicolás Teodolito había muerto una vez y que desconsideradamente volvió a la vida cuando ya lo llevaban a darle cristiana sepultura. Uno contó haciendo en el nombre del Padre por si acaso que en noches de luna llena que es cuando se gestan las niñas y los empayenamientos hacen efecto, el resucitado arrastraba su maldición por las calles del pueblo con cuerpo de perro negro y cara de infelicidad.
Matilde Asunción Resquín, la madre de Nicolás Teodolito, no pudo aguantar más tiempo sin abrir las piernas. El miedo no la dejaba respirar tranquila y aunque estuviera en el catre yacía como bien muerta, no sea que el propio hijo de sus entrañas le pasara por en medio y le trasmitiera la marca de la desgracia.
Consecuentemente y considerando su tendencia natural que era contraria a tanta modosidad en el sentarse y pararse, llenó de pindo karai trenzado el nicho de San Miguel y como ya no tuvo tiempo para pedirle protección, dejó prendida una vela y fue a instalarse para toda la vida en la casa de su cuñado, con quien en vida de su marido se le había ido la rienda tres veces seguidas pero sólo por necesidad carnal y sin pecar verdaderamente, puesto que se arrepintió como es debido con la ayuda de la Virgencita, a quien regaló en agradecimiento sus zarcillos de filigrana.
Cuando los vecinos, amigos y también parientes la vieron abandonar al hijo de sus entrañas, los que habían podido olvidar que conocían a Nicolás Teodolito recordaron de repente y los otros pudieron confirmar así el espanto. Entre lunes y miércoles y en la hora en que todo el pueblo tenía los ojos más abiertos y las piernas más cerradas se escuchaba por todas partes la preocupación de los perros y era en ese momento justo que Ester abrió el portón de tacuara para hacerle el favor al resucitado y de paso a sí misma puesto que ya había cumplido sobradamente su obligación de viuda con el que en vida fuera.
Nadie supo nunca en qué momento Ester comenzó a parecerse a su compañero. De su palidez se dieron cuenta los vecinos repentinamente cuando la vieron arrancando hojas de ruda en el patio, y enseguida todos hablaban de premoniciones y sueños extraños. A los pocos días Matilde Asunción Resquín volvió por única vez a pisar la casa, para mirar a su nuera muerta y cumplir su sagrado deber de madre contándole a su hijo lo que se andaba diciendo.
-Creen que le pasaste entre las piernas a Ester.
-Dios me libre y guarde.
-Y que le chupaste la respiración.
...
Era lunes de luna llena cuando un perro negro con cara de infelicidad cruzó el cementerio. Era martes antes del cocido y la tortilla cuando los vecinos llegaron allí corriendo con el pálpito en el alma. Con esa mirada de los que ya sabían abarcaron por turno el cajón abierto, la tapa arrancada, los pedazos comidos de Ester, la que se animó a vivir con el muerto.
Matilde Asunción Resquín procuró cruzarse con su hijo para contarle lo que se andaba diciendo.
-Creen que fuiste vos.
-Dios me libre y guarde.
-Y tenga misericordia de la finada.
Al día siguiente de eso, Nicolás Teodolito murió desangrado. Nadie supo nunca si se mató de vergüenza o de dolor. Los vecinos, amigos y también parientes que entraron al fin a la casa después de nombrar uno a uno los misterios, tuvieron tiempo de ver cómo el perro Aniceto todavía estaba desgarrando, revolviendo pedazos, seleccionando huesos, comiendo.

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Estaciones.

Por Jorge Isaías (Rosario)

Era como si nunca hubiera existido el verano. Adiós crepúsculos ardiendo contra los altos eucaliptos, en ese monte tupido, allá lejos, en la estancia “Maldonado”.
El verano que también había traído su remanso de lluvia tumultuosa, la libertad de correr descalzos por las calles hondas que se hundían a cada paso, poder atravesar los zanjones inmensos intentando cazar ranas con ese trozo de carne que se ata fuertemente a un hilo. O la pesca de bagres y mojarritas en los cañadones que rebalsaban agua hacia los campos, el espectáculo de los potrillos saltando bajo el inmenso arco iris, en los potreros inundados o los terneros que como un rito brincan y saltan hacia el sol del atardecer. Las cigüeñas, que regresan como pequeños trapos blancos para hacer sus nidadas entre los juncos de los bañados y todo ese hervor de las bandurrias como carbones sucios o el grito alto de los siriríes en las noches.
Y sobre los postes: lechuzas vigilantes y biguás caracoleros, que esperan con paciencia su presa y su alimento.
Eso es pasado.
Ahora enseñorean las escarchas más duras, el hielo se hace vidrio en las cunetas y en el más mínimo charco. Paspaduras, sabañones, el paso penoso, pisando barro hacia la escuela. Ni botas, ni capote. Poco abrigo: guantes, medias, bufanda y gorro tejidos por la madre hacendosa y vigilante, puro amor contra la contra que trae la pobreza. De la lluvia nos protegíamos con una bolsa de arpillera, triste remedo de la magnífica capa de “El Zorro”, visto en las películas gastadas del cine “La Perla”.
Los padres se orientaban en las juntadas hacia el camino del rastrojo: escarcha y yuyos que guardaban el agua para caer sobre la cintura como húmeda y gélida guadaña, el surco que se hunde, la chinchilla que molesta, el chamico traicionero. Todo dispuesto para impedir que las espigas terminen en las bocas de las ávidas maletas, mitad lona mitad cuero, la que quiebra sin perdón todas las cinturas.
El cielo era tan limpio que las noches se ponían blancas con esa luna de fantasmagórico paisaje, que dejaba ver trechos largos, como si no fuera noche.
Si no temiera redundar con la figura, diría que los campos, el pueblo, las calles, los árboles, ese perro que ladraba solitario y ese camino largo que llevaba hacia las chacras, remedaban la idea de un auténtico paisaje lunar.
Transitar esos meses duros, de fríos intensos y de pajaritos muertos no era tampoco recluirse en las casas siempre. Quedaba lugar para las exclusivas y bravas partidas de pelota a paleta en la cancha descubierta del Club y también quedaba el fútbol eterno y tesonero de las tardes.
Pero un día, una hojita, una sola, asomaba en la puntita de una rama, un pájaro corría con un gajito en el pico tembloroso o con un velloncito de lana y buscaba una horqueta para el nido futuro, un hornero chillaba llamando a su compañera desde un charco, para ir construyendo esa casita que tanto admirábamos, en ese lugar elegido, el palo más alto del telégrafo.
El que mataba un hornero, no tenía un solo minuto de perdón. Era sin lugar a dudas, el único pájaro que respetábamos, y nunca se vio a nadie que matara uno.
De todos modos eran las primeras señales inequívocas de que el invierno se nos iba con su poncho húmedo y siniestro. Eran atisbos de primavera al margen de lo que dijera el almanaque.
Entonces, uno podía, con un pequeño esfuerzo de imaginación comenzar a soñar con el verano, que vendría con una profusión de mariposas y la tentación casi certera que nos ofrecían las sandías listas para el hurto –disponibles- en todas las chacras que rodeaban el pueblo.

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Historias de gente sin importancia.

Por Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe)

Fedor.
Trapecistas hay muchos, pero ella es única. Tiene un violinista por amante, que toca pizzicatos cuando ella está en la pista. Es única como María, la ecuyére ciega, su confidente. El resto del circo, para qué hablar. Cada vez más sumido en su propia agonía. Hasta los programas se hacen a mano. Y cualquier día ni el trompetista continuará con ellos. Quien nada dice es Fedor, el del violÍn. A él nada le preguntan y él a nadie interroga. Está allí por accidente y escapa a todo compromiso. Sin embargo, sabe que todo esto tiene un final cercano. Y no quiere estar bajo esa carpa cuando la hora llegue. Le propone a su amada partir. En Viena tendrá trabajo. En la función de esa noche, ella dará la respuesta. En el segundo salto de la muerte, sin red, cierra los ojos, abre los brazos en cruz y susurra Fedor.

Quiromancia.
Enriqueta pone su estudio en la última habitación de la casa. Cercana a las glicinas. Y a los gallos. Enriqueta lee las líneas de las manos. Reparte ilusiones con cuidado. Y a veces, cuando el tiempo lo permite, se explaya en algún consejito más o menos apropiado. Hoy llega una mujer anciana. Está desesperada. Ha perdido a su hija y la busca hace más de treinta años. Enriqueta le toma las manos, las mira, se las cierra bruscamente y oye cantar los gallos.

Mediodía.
Es mediodía y ella procede a su rito habitual. Saca la olla mediana, la llena de agua y abre el fuego de la cocina. Cuando está por levantar el hervor, busca en la alacena un paquete de sal y echa un puñado dentro. Medio minuto después, cierra el gas. Toma la olla por sus asas, y con cuidado la transporta hasta la pileta y la vacía por completo. Después, echa un poco de agua de la canilla sobre el utensilio, y finalmente lo seca con el repasador blanco. Guarda la olla en el estante del medio. Hasta mañana.

Metempsicosis.
Compró el lobo cuando era cachorro. Desde ahí, algo se transformó en él: se volvió huraño, agresivo, duro. El lobo, manso y domesticado, recibió siempre todos los cuidados. Cuando la Maestranza Municipal quiso sacárselo, por ser animal peligroso para el barrio, montó en cólera. Forcejeos, gritos, llantos del hijo. Al fin, una lazadera lo subió al carro. Dos colmillos le salían de los labios y bufaba, bufaba. Como un hombre.

Metáfora siniestra.
El gondolero rema hasta cerca de La Fenice. Allí, junto a un palacio, el hombre de negro comienza a tirar a las aguas decenas de faldones, miriñaques, corpiños, calzas, manguitos, albornoces, refajos, enaguas, camisones. Cada prenda hace un remolino, y se hunde. Al final, él mismo hunde la cabeza entre sus manos. Como un ritual. Más tarde, el gondolero sabrá que se llama Henry James. Y que las prendas, que nadie quiso por pertenecer a un suicida, fueron de Constance Fenimoore Woolson. Es en Venecia, un día de abril de 1894. Hay un extraño aroma de azahares...

Un escritor.
Escribe libros que nadie publica. Poemas que sólo lee él. Pero celebra su soledad. Es la propuesta a dirigir un taller literario, lo que transmuta su alma. Y al aparecer su nombre y apellido en letras doradas, al frente del local, siente que ha entrado en el Olimpo. Un Olimpo que comienza a cerrarle todas las puertas: no llega a tiempo a un solo certamen de poesía; olvida las etimologías y no pocas reglas de sintaxis; quiebra el orden de los gerundios. La pérdida del último alumno del taller le certifica que, como escritor, es un fracaso olímpico.

Triángulo de amor.
Ettore murió a los 28 años, igual que su primo Umberto. Era singularmente bello, igual que su primo. Los dos fueron amados y traicionados por la misma mujer: Angelina. Y terminaron sus vidas unidos por la sangre del otro. Cuando Angelina murió, desbarrancada de la montaña más alta de Alessandria, todos dijeron sin decir: las madres los vengaron. Ellas, sólo respondieron con un silencio mortal. Y no lloraron a ninguno de los tres.

La nera veritá.
Las dos sabíamos y callábamos, en nuestro dolor de madres. Y Angelina, poveretta, que amaba en cada uno a los dos, sólo confiaba en que algún día el azar decidiría la elección. Nosotras sabíamos que se iban a las afueras de Alessandria, y se acostaban en los campos de lino, y se abrazaban y se besaban y se penetraban una y otra vez. Era una pasión enfermiza, que los inundaba de celos. Después, la cortina de Angelina, para que nadie nada imaginara. Ella, que pensaba con tristeza que Ettore era tímido, y que quizá, en otra instancia, Umberto recuperaría su virilidad. El día aquél en que, a pedradas, juntaron sus sangres para siempre, la muerte los encontró abrazados. Bellos, aún.

La nieve, la nieve.
Una semana que no salimos de la casa. La puerta está trancada, las ventanas ocluídas de un espesor blanco que no deja un solo resquicio de vidrio para otear más allá. Adentro, nuestro paisaje familiar es igualmente frío. Pedro no habla. El abuelo Sigor, que regresó hace un mes de Kiev totalmente perdido, ríe y llora sin sentido. Las mellizas, Tatiana y Karenina, hace tres días que no toman ni un plato de sopa. No hay leña. Las últimas provisiones se terminaron ayer. No puedo lavar la ropa, las cañerías se han congelado. Miro mis manos. Miro mis manos. Y tapo mi cara con ellas para que no me vean llorar... Las agujas de cristal hacen sangrar mis dedos.

PÁGINA 20 – POETAS OLVIDADOS
Daniel Elías.

Por Manuel Bande (Santa Fe)

“Daniel Elias, el enorme poeta
se ha marchado a hacer versos a una estrella.
La Cruz del Sur ya tiene a su Jesús…”
Leoncio Gianello

Junto a Delio Panizza, Guillermo Saraví y Leoncio Gianello, integra una época de la lírica entrerriana. Nació en Gualeguaychú, Entre Ríos, el 10 de marzo de 1855 y murió por autodeterminación –tal como lo hicieran Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni- en Concepción del Uruguay, el 29 de noviembre de 1928.
Cabe recordar que su abuelo paterno, don Ángel Elías, sirvió en el Ejército del General Urquiza y participó en la batalla de Caseros.
Pasaron las pesadillas / de los años enemigos / y vibran surcos y trigos / sobre las patrias cuchillas. / Ya no se quiebra en astillas / la chuza de la victoria, / y en la paz propiciatoria / bajo el cielo montielero / a la sombra de un alero / duerme su sueño la historia.
Siendo muy niño –contaba sólo tres años- fue llevado por sus padres a la estancia que poseían en Mojones Norte, Departamento Villaguay.
Doce años pasó Daniel en aquellos campos montieleros, conociendo la vida rural y conviviendo con personajes gauchos que quedaron grabados en su mente y que luego afloraron en su producción literaria.
A los 16 años ingresa como interno en “La Fraternidad” del histórico colegio de Concepción del Uruguay, fundado por don Justo José de Urquiza. Viene del monte más cerrado y por su maneras torpes, su rústico semblante y su espíritu zahareño, redobla su desconfianza al nuevo medio y hacia sus burlones compañeros que lo llaman, despectivamente, “Jabalí” -apodo que asumió porque afirmaba su condición de “macho”- y que otros lo nombren “poeta del campo y de la selva”, condiciones que quedaron en los primeros versos publicados en la revista estudiantil.
Espléndida mañana. Si no fuera / esta diaria rutina del empleo, / largarse por el campo de paseo / a impregnarse de sol y primavera.// Aspirar en los húmedos pesebres / el perfume bucólico del heno, / y bajo el palio del azur sereno / correr y retozar como las liebres.// Sorprender junto a un toldo de glicinas / las jóvenes palabras campesinas / que Eros preside en el jocundo idilio.// Con la inacción ociosa de una larva / soñar echado sobre alguna parva / con Fray Luis de León y con Virgilio. (SonetoXVI)
Al allanarse a su nueva condición, participó de la bohemia que imperaba entre la mayoría de los estudiantes de escasos recursos económicos.
Estos recuerdos felices de su vida se reflejaron luego, con nostalgia, en su prosa y en sus versos.
Despierta el alma ingenua de la finca / al conjuro del sol que se levanta, / y la calandria impenitente canta / y el recental infatigable brinca. // La primorosa luz con sus reflejos / hila una tela de brillante franja, / y trisca en los dominios de la granja / una blanca alegría de conejos.// Canta el labriego su canción sencilla / que huele a parva fermentada, a trilla / a sudor a romero y a violeta. // Canta el labriego su alegría, canta / pues parece que lleva en la garganta / la desgracia feliz de ser poeta (Soneto XVII)
Con el título de bachiller en su poder y animado por su capacidad adquirida, probada y demostrada en la secundaria, ingresa a la Facultad de Derecho en la Universidad Nacional de La Plata, por ser menos costosos los estudios y más baratas las pensiones.
Lloró el ternero en el corral sombrío / su tristeza infantil de hallarse solo, / y en la huerta limítrofe el chingolo / pronostic una ráfaga de frío.// Por allá tintineaba en los caminos / la lágrima sonora de un badajo, / y un perro heroico al regresar nos trajo / el olor peculiar de los zorrinos. //… (Soneto XXXIII)
Durante los cinco años que duran sus estudios, vuelve a vivir la bohemia, y, el 22 de octubre de 1914 obtiene su diploma de Abogado, como alumno distinguido.
Allí conoció a Almafuerte con quien trabó una estrecha amistad.
Ese mismo año fue designado Defensor de Pobres y Menores en la ciudad de Gualeguay donde contrajo enlace con Emma Bousquet. Su primer hijo nace en esa ciudad (1919) y, casi simultáneamente, es nombrado Juez en lo Civil y Comercial en Gualeguaychú, su ciudad natal.
En la dócil quietud de tu pestaña / tembló un rayito de aquel sol estivo, / como un insecto aurífero cautivo / en la urdimbre de seda de una araña /…/ Tu risa se calló como la tarde. / Bajé los ojos, me encerré cobarde / en la desolación de mis motivos: / pero observé por tu actitud coqueta / que indultaba a la audacia del poeta / el perdón de tus ojos compasivos.
La sociedad aristocrática no lo aceptó a pesar de ser ya un destacado profesional y un poeta consagrado, circunstancias que lastimaron su espíritu sensible.
Con profunda decepción se trasladó a Concepción del Uruguay (1920). Contaba 37 años de edad. Allí consiguió sosiego en el reencuentro con antiguos compañeros de su época de estudiante. Pero una tarde de fines de noviembre, tomó un coche –un viejo “mateo”- y, tras un largo paseo, se quitó la vida.
Sus restos, después de ser velados en su domicilio, fueron conducidos a “La Fraternidad”, de la cual era presidente, y al Colegio Nacional, antes de ser sepultados en el Cementerio Municipal.
En los distintos actos hicieron uso de la palabra Delio Panizza (en nombre del Centro Cultural), el Profesor Antonio Noguera Santos (en nombre del Club Social del que Elías era vice-presidente) y el Dr. Lacava (en nombre del Foro).
Casi todos los diarios y revistas del país dedican sentidas notas. “El Diario” (Paraná) dio la noticia en una extensa nota: “En uno de los ímpetus de su lírica condición, amasado como estaba su espíritu con sueños e idealismos reñidos con la huma estructura, Daniel Elías, el poeta dilecto de Entre Ríos, ha resuelto fugarse de la tierra para platicar con las estrellas” [1]


[1]Los datos biográficos y la ilustración de Gito Petersen, fueron extraídos del ensayo: “Daniel Elías-El poeta del sol”, (Premio Fray Mocho 1985), de Adolfo Argentino Golz

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Taller literario.

Por José Gabriel Ceballos (Corrientes)

Son relatos extraordinarios. Nos cuesta mucho superar los efectos de sus lecturas. Cada vez que el alemán lee uno en el taller, nos quedamos como zombies, y todo se prolonga por varios días y noches. El poeta Ceferino Miranda sólo emborrachándose hasta la inconsciencia logra reponerse, según sus propias palabras. La señora Lila y don Lisandro sufren insomnios invencibles. Para la mayoría de los talleristas las peores consecuencias son las pesadillas. El Chiche Miqueri me suele llamar por teléfono en plena madrugada, recién salido de un sueño horroroso engendrado unas horas antes en el taller. Desconozco recetas para disipar tanta angustia, por supuesto, pero al parecer la conversación telefónica lo ayuda un poco al Chiche. También en mí esos textos siembran horribles pesadillas. Me llenan el cerebro de agonías. Don Otto Reiser apareció en el pueblo unos treinta años atrás, con su mujer doña Emilce y los dos primeros hijos. Ni el señor ni la señora Reiser cambiaron mucho desde entonces. El alemán ya tenía esas manchitas en la cara y completa su calvicie; su pequeña esposa ya se parecía a una muñeca por esa como máscara de cosméticos y pasmo que —bien se podría creer— tal vez la preserva del tiempo. El hombre ya cargaba con esas gruesas cejas blancas que producen un vivo contraste con la piel trigueña y los ojos celestes, su enjutez no perdió derechura. Poco después de que ocuparan el chalet contiguo al Centro Cívico, que alquilaron y más adelante compraron y en cuyo garaje el alemán enseguida instaló su relojería, doña Emilce informó en el vecindario que el señor Reiser había llegado al país huyendo de la guerra y que ambos se habían conocido en Santa Fe, de donde venían ahora. Pronto les nacería aquí el tercer y último hijo. Pronto la familia Reiser se integró al pueblo cuanto la natural reserva de un desterrado permite suponer. Por dar ejemplos, aunque se ganó al pueblo entero por clientela el señor Reiser jamás solicitó que se lo admitiera como socio en el Club Social, pero su esposa ejerció varios cargos en la Congregación de la Virgen. En fin, acabamos por sentir a don Otto como un vecino más, pese a su parquedad para el trato.
Ahora debo referirme a nuestro taller literario. Lo bautizamos "El Rincón de Polimnia" porque al principio sólo leíamos poesía. Los cuentos románticos del Chiche Miqueri, los capítulos de una novela infinita que la señora Lila escribe desde hace medio siglo sobre sus antepasados, y los editoriales que don Lisandro Arzuaga pergeña para su semanario "El Progreso", determinaron poco después que lo llamáramos simplemente el taller literario. Empezamos cinco: el poeta Ceferino Miranda, la Neneca Gaúna, el Chiche Miqueri (que reemplazó sus versos de amor por sus cuentos desde cierto juicio cruel de Ceferino Miranda), la señorita Jazmín y yo. No sé bien si la idea se le ocurrió a la Neneca o al Chiche; ambos anduvieron juntos difundiendo la iniciativa. Desde la primera sesión nos juntamos en el salón municipal, que el Chiche consiguió con su primo el Intendente. El poeta Miranda asumió la dirección por unánime decisión de los otros cuatro fundadores y continuó dirigiendo el taller hasta hoy. Aunque con frecuencia el poeta nos hace la rabona, seguramente por obra de bebidas espirituosas, y otras veces concurre con lucidez sólo suficiente para permanecer sentado y a los cabezazos contra el sueño, su dirección no se discute, debido a su brillante trayectoria literaria, la cual incluye publicaciones en los diarios de la capital provincial. La señorita Jazmín concurrió tres meses nada más, hasta que sus males seniles la postraron para siempre. Llegó a leer unos ovillejos dedicados a unos santos. Sus funerales constituyeron la primera oportunidad para que el taller se mostrara públicamente; mandamos una corona pagada en partes iguales y la Neneca Gaúna leyó una oración fúnebre en representación del grupo. En la reunión siguiente se presentó don Lisandro Arzuaga, quien confesó no haber participado antes por su archiconocida enemistad con la señorita Jazmín, odio nacido de un remotísimo amor borrascoso. Ceferino Miranda saludó dicha incorporación como "un ejemplo de sublime humildad", en consideración a la larga experiencia acumulada por el nuevo tallerista en el oficio de escribir. Hubo quien sintió tal saludo como una genuflexión del poeta tendiente a garantizar su espacio lírico habitual en el periódico de don Lisandro. Éste nunca falta, y cada jueves nos lee su editorial para la semana siguiente, sin dejar de recordarnos que el periodismo es también un género literario. Por la época en que se agregó don Lisandro ya habíamos cambiado el horario. Primeramente nos reuníamos los jueves al anochecer. En cuanto fijamos el horario de las veintiuna y treinta se sumó más gente. Siete personas, con don Lisandro. Dos comerciantes, que por sus negocios tenían el tiempo demasiado justo para concurrir al anochecer: el mercero Nassim, sonetista aceptable, y el boticario, que corrige y corrige unos acrósticos escritos en su adolescencia para una muchacha a la que amó desesperadamente. También se incorporaron por entonces cuatro mujeres. La del juez de paz, la del dentista y su prima la costurera fueron para espiar nada más. Se entusiasmaron con los chismes de las charlas preliminares, se aburrieron hasta los bostezos durante las lecturas y acabaron por abandonar el taller. María Antonia no. María Antonia resultó una revelación. Don Ceferino el poeta ha pronosticado un futuro glorioso para esa poesía profunda y dolorosamente sensual, angustiosamente erótica, que las malas lenguas del taller atribuyen a la añeja virginidad de su autora. Dice el Chiche Miqueri: si María Antonia conociera la cara de dios, chau poesía. María Antonia parece a salvo de estas maledicencias. Su semblante trágico, ojeroso, bello quizás antes de que su dueña se convirtiera en una solterona definitiva, no refleja el aquí y el ahora sino cuando ella saluda al llegar y al despedirse y cuando don Cefe la alaba.
Pero la mayor revelación del taller es don Otto.
El alemán se incorporó hace un año y pico. Los primeros meses los pasó sin leer nada. Se sentaba y permanecía todo el tiempo escuchando, tieso, grave. Como aún hoy, no se comprometía con opiniones sobre los textos ajenos. Hasta que un jueves lluvioso que estábamos unos pocos pidió turno para leer algo propio.
Lleva leídos unos diez relatos. Uno mejor que el otro. Porque no se puede cuestionar semejante calidad literaria. Dostoyevski, Kafka, se dice en el taller, y ninguna comparación parece suficiente. Las pesadillas, las angustias, las depresiones y demás efectos que nos provocan esos textos prueban su valor literario. El problema es otro. Me explico, ya nadie duda en el taller de que, por su fuerza, dichos textos están fundados en vivencias personales y de que el punto de vista del narrador es el de uno de los verdugos. Además, si bien no hay ninguna expresión que identifique al narrador con los verdugos (loas a la raza aria, por ejemplo) tampoco aparece piedad hacia las víctimas. Y hay algo más, algo tremendo, que hoy también tenemos por cierto: el narrador no sólo pertenece al bando de los verdugos sino que está entre los jefes. Las narraciones contienen detalles elocuentes al respecto.
Pero qué literatura, qué literatura. "Amanecer en el campo de concentración", "Los alaridos", "Cuando llegan los trenes", "El que encendía los hornos", por citar algunos títulos, relatos imborrables, demoledores. Y don Otto lo sabe. Hay que verlo actuar en el silencio que sigue a su lectura, doblar los papeles con morosa solemnidad, pararse, arrojarnos un seco buenas noches, golpear suavemente los tacos y marcharse lento, con los celestes ojos todavía brillantes, algo todavía aflojándose en su aquilina nariz y sus mejillas, un rictus casi imperceptible en sus labios.
Los demás nos quedamos un rato sin hablar. Por fin nos levantamos y vamos saliendo entre balbuceos. Cada jueves se nos hace más difícil enfrentar los efectos de esos malditos relatos, más difícil volver a creer que tal vez el alemán nos miente, que tal vez él no sea el autor.

PÁGINA 22

Mauthner en Borges.

Por Fernando Báez (Venezuela)

"Yo soy un lector, simplemente. A mí no se me ha ocurrido nada.
Se me han ocurrido fábulas con temas filosóficos,
pero no ideas filosóficas...". (J. L. B.)

Una de las reseñas incluidas en Discusión le sirvió a Borges para mencionar el Diccionario de la Filosofía de Fritz Mauthner como uno de los cinco libros más anotados y releídos por él, calificándolo de admirable y traduciendo una frase del tercer volumen: "Parece que los animales no tienen sino oscuros presentimientos de la sucesión temporal y de la duración. En cambio, el hombre, cuando es además un psicólogo de la nueva escuela, puede diferenciar en el tiempo dos impresiones que sólo estén separadas por 1/500 de segundo...".
El 30 de abril de 1937, en El Hogar, reiteró que junto con Schopenhauer y Lidell Hart, la obra de Mauthner le causaba un goce ejemplar. Entre los libros consultados para escribir su ensayo La doctrina de los ciclos (ver Historia de la eternidad) destacó el Wörterbuch der Philosophie, en una edición de Leipzig de 1923. En el prólogo de Artificios, fechado en 1944, comparó, como uno de sus autores predilectos, a Mauthner con De Quincey, Stevenson, Chesterton, Shaw y León Bloy.
La admiración no desapareció con el tiempo, hecho nada raro en un relector como lo era él, y en El idioma analítico de John Wilkins escribió que Mauthner le fue imprescindible para elaborar la nota, con una variación: esta vez la edición o el tomo utilizado fue de 1924. En Atlas (1984) hay un texto titulado Ars Magna, donde Borges recordó a su autor querido: "Mauthner observa que un diccionario de la rima es también una máquina de pensar", frase que casi textualmente repite una empleada en un artículo sobre Raimundo Lulio y su máquina de pensar, publicado en El Hogar el 15 de octubre de 1937: "Agudamente anota Fritz Mauthner —Wörterbuch der Philosophie, volumen primero, página 284— que un diccionario de la rima es una especie de máquina de pensar...".
Esta pasión de Borges por Mauthner, novelista, crítico y filósofo alemán nacido en 1849 y muerto en 1923, sentenciado a un olvido de alquiler por todos los diccionarios que conozco, ha pasado completamente desapercibida.
Un poco lo que dice Enrique Anderson Imbert en El éxito de Borges (incluida en su libro El realismo mágico y otros ensayos): "Se buscan coincidencias entre Borges y Lévi-Strauss, Foucault, Todorov, Barthes o Steiner en vez de señalar que la fuente filosófica de Borges fue el viejo Wörterbuch der Philosophie de Fritz Mauthner".
No imagino las causas de tal elusión, pero sí sé que una obra tan feliz como La filosofía de Borges de Juan Nuño llega al escamoteo de una cita a pie de página. Ninguna biografía propone siquiera la más leve sugerencia. En el caso de las entrevistas, de las excesivas entrevistas que Borges concediera, tampoco encuentro algo que sobresalga.
Hasta la fecha, el único aporte que resguarda, analiza e historia la influencia del pensador alemán sobre el argentino es un estupendo ensayo de Silvia G. Dapía, aún sin versión castellana. Su libro, Die rezeption der Sprachkritik Fritz Mauthner im Werk von Jorge Luis Borges (Böhlau, 1993), austero, erudito, magníficamente dispuesto, rescata el enorme tejido de relaciones existente entre Mauthner y Borges. Restituir el trasfondo de esa obra en este artículo, aun cuando sólo sea en forma breve, creo, permitirá abrir un camino que, entre nosotros, constituiría una aproximación indispensable e inusual.
W. M. Urban ha escrito ya que "el lenguaje es el último y el más profundo problema del pensamiento filosófico". J. M. Briceño Guerrero, en El origen del lenguaje", apoya esta tesis señalando que "la estructura del conocimiento es lingüística". Mauthner lo sabía: pionero con voluminosos estudios, puso de manifiesto que la realidad de la filosofía es, esencialmente, lingüística. De ahí que Dapía prefiera en su texto ignorar cualquier otra vertiente de influencia de Mauthner sobre Borges que no sea la demostración, en 8 relatos fundamentales, del uso de una interpretación crítica del lenguaje como tema. En Pierre Menard, autor del Quijote, encontraríamos la interpretación temporal del lenguaje; en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius estaría presente la Sprachkritik de Mauthner, por la discrepancia entre lenguaje y realidad; en Emma Zunz se expondría la Wortaberglaube o superstición de la palabra, creencia que respaldaría la existencia de una palabra por la existencia de un objeto; en Tema del traidor y del héroe se impondría el mismo aspecto; en Tigres azules estaría la tesis mauthneriana de la insuficiencia lógica del lenguaje; en El otro, se vindicaría la naturaleza metafórica de todo lenguaje; en El inmortal se defendería el poder arquetipal sobre los procesos mentales individuales y en El Congreso, el relato más ambicioso de Borges, se probaría la arbitrariedad de los sistemas de clasificación lingüística.
Alguna vez Borges admitió que no era filósofo ni metafísico, sino un explorador de las posibilidades literarias de la filosofía.
En algún punto, esa exploración incluyó los prodigios de Plotino, Berkeley, Schopenhauer, Hume, Spinoza, Russell: gracias a Silvia G. Dapía sabemos que también tuvo al misterioso Fritz Mauthner como centro.

PÁGINA 23 – POETAS LATINOAMERICANOS

Carta de Lorien a su intitutriz inglesa.

Cómo saber si un día serás grito
que logre hundir lo oscuro de mi casa,
cómo saber si notarás el rito
de convertirme, al verte, en una brasa.
Es mucha la penumbra, yo me aterro,
de que falten del prisma las orillas,
y los enajenados de este encierro
nunca logren atar sus pesadillas.
Es tanta la orfandad inconsecuente,
que temo sucumbir en el desnudo
sin encontrar jamás tu coordenada.
Así, cómo saber si de repente
precisas del adagio más agudo.
Hay demasiada niebla, demasiada.

Lídice Alemán (Cuba)

Estadio del espejo.

¡Ah los ojos que me veían!
¡Cómo yo era bello y gentil a ciertos ojos
que me veían!
Ahora, delante de mí mismo,
no soporto esta cosa horrenda que brota
de mis suaves rostros, que muere y nace.

¿En los ojos de quién habré perdido mi rostro?

Cacaso (Brasil)

Uniformidad.

Somos equivalentes
a las sílices y los océanos
sinónimos del desierto
de la policromía de las palmas
de los pasos guardados
en Manhattan, Pau, Agra
o Buenos Aires
Somos del mismo telar
de la sabiduría afines a la gracilidad errante
de los cometas
Mas que nada
somos uno a uno
con la luz y el movimiento ubicuo
del universo

Rosa Tezanos-Pinto (Perú)

Un gran país.
Vivo en un país tan grande que todo queda lejos:
la educación,
la comida,
la vivienda.
Tan extenso es mi país
que la justicia no alcanza para todos.

Lina Zerón (México)

Poema 28

Yo no entiendo porqué los poetas
-los malditos poetas-
tienen esa costumbre
-maldita costumbre-
de mirar a los ojos.
Saltan el cerco pudoroso
de las pestañas
y se meten, tan anchos,
en nuestras íntimas intimidades,
como si nada
o como si anduvieran por su casa.
Se acomodan
en nuestros cojines preferidos,
revuelven nuestro armario,
nuestros colores cotidianos,
se beben nuestro vino
y destapan nuestras ansias,
largo tiempo añejadas.
Destartalan
e invaden con temblores
nuestro precario orden,
tocan nuestras vergüenzas,
nuestro archivo de ocultas pasiones,
sostenidos apenas
con blandos alfileres,
sosegados en arduas,
pacientes batallas interiores.
Y se instalan, impunes,
en el desvelo,
sin preguntar si pueden
quedarse un rato más,
riéndose con toda el alma
de nuestro asombro
desparramado sin remedio
de nuestros ojos que tampoco
pueden ya despegarse de los suyos.
Desarmados, perdidos,
sin poder balbucear y rogarles:
Tengan un poco de piedad
de estos poetas grillos solitarios,
acostumbrados
sólo a su propio canto,
sólo a su propio pozo.
Tengan piedad de estos
poetas-grillos-ojos
acostumbrados sólo
a su pequeño, húmedo y oscuro círculo
y a su cielo redondo, abarcable
de menguadas estrellas.
Yo no entiendo porqué los poetas
tienen esa costumbre
de mirar a los ojos.

Susy Delgado (Paraguay)

PÁGINA 24 – NOTAS DE PARIS

Samuel Beckett.
A 100 años de su nacimiento.

Por Irma Bignon (Santa Fe)

Muy alto y muy delgado, ojos azules cercados por un pequeñísimo par de anteojos fijos en una máscara arrugada e impenetrable, este hombre de la oscuridad en pleno día, tiene los rasgos de un ave nocturna. Permanece siempre silencioso, apartado, y su mayor deseo es que no se hable de él. Es muy tímido. Habla poco. Sabe escuchar y responde eventualmente. Camina con su legendaria modestia y su genio a cuestas.
Samuel Beckett nace en Dublín, en el barrio de Stillorgan un viernes 13 de 1906, en un hogar acomodado, austero y puritano.
Comienza sus estudios en la Portora Royal School de Enniskillen, en Irlanda del Norte, y los termina en el Trinity Collage de Dublín. Le atraen los deportes. Juega rugby y practica box.
Desde la adolescencia es manifiesto su interés por la literatura francesa. En 1928, una corta estadía en París como lector inglés en L´Ecole Normale Supérieure contribuye a profundizar su amistad con los surrealistas Breton, Eluard, Crevel.
En los años 30, conoce a Joyce. Joyce y Beckett se admiran mutuamente. Comparten palabras, silencios y beben mucho. Pero entre los dos escritores hay una diferencia: Joyce, más que la abundancia nos ofrece la superabundancia, mientras que Beckett nos hace avanzar hacia la nada.
Su relación puramente umbilical con su madre, sus mil y un estados depresivos, su endiablado apego a la bebida, hacen que termine huyendo del ahogo de su Irlanda natal para instalarse definitivamente en París, en 1938. Beckett desciende de familia de hugonotes franceses, en consecuencia, la elección de Francia como tierra de exilio no es más que una suerte de repatriación tardía.
Lleva una existencia difícil, publicando sin éxito novelas como “Murphy” en inglés, “Molloy”, “Malone muere”, “El Innombrable”, estas últimas en francés. En todas ellas, el escritor presenta una humanidad que se degrada hasta obtener un estado larval; imagen de una vida reducida a la pobreza esencial, reflejo de una reducción ontológica. Se percibe tan sólo un murmullo frágil, único testigo de que la vida existe aún, nada más que palabras que tienden a desaparecer.
En su ensayo sobre Proust, se apropia en cierta manera de una cualidad del escritor francés. Proust nunca pretendió presentar un mundo ininteligible, ya que el espejo científico carece de veracidad. Pero es bien él el que está en los orígenes de la estética de Beckett – tanto en sus novelas como en su teatro -, estética que termina por eludir la ilusión, mostrando lo que queda después de la disolución de la forma, del color, del hábito, de la lógica.
Las novelas de Beckett terminan siendo cada vez más sintéticas. La ficción es negada, rechazada. Las historias finalizan con el silencio de la voz: otras veces son únicamente palabras desordenadas.
En esta última tentativa, Beckett parece alcanzar el equilibrio e inmovilizarse: no encuentra ninguna razón para parar, y tampoco para continuar. Es aquí donde asistimos a su pasaje de la novela al teatro. Escribe “Fin de partida” (1957), “Actos sin palabras” (1961), “Oh los hermosos días” (1963) entre otros títulos. Rompiendo con las técnicas “tradicionales”, su obra dramática se alinea dentro del “antiteatro” o Nuevo Teatro, como se ha dado en llamar. El decorado es inexistente. Renunciando a los conflictos sicológicos, la acción se limita a algunos gestos y a diálogos apenas esbozados, entre personajes insignificantes. El tema que ronda sin cesar es la obsesión de la nada. El objetivo es fundamentalmente metafísico, poniendo en relieve la farsa y el absurdo de la condición humana.
Y llega la première de “Esperando a Godot” – el 5 de enero de 1953 – en el teatro de Babylone, acompañada de un éxito descomunal. Los dos únicos personajes en escena son los que puntualizan la espera, a la vez que hablan y la soportan para darle un sentido.
Luego escribe una serie de textos donde elabora un universo listo para ser transpuesto en escena: “Comedia” (1963), “Imaginación muerta” (1965), “El Despoblador” (1970). El teatro le permite (mucho más que sus obras en prosa) hacer estallar el poder de su genio. Su ardua labor es un trabajo de benedictino, verdadera historia de un errático metafísico condenado a ser célebre, con una gran producción arrancada del silencio, y la voz en off de su talento.
El discurso de Beckett no es una filosofía: es la experiencia fundamental tomada desde el nivel más bajo, desde su primer balbuceo; la de una conciencia atrapada entre la imposibilidad de no saber nada sobre la existencia, y la imposibilidad de no existir. Lo que quiere mostrar son simplemente hombres y mujeres incapaces de elegir, trabados en un mundo absurdo, pero ennoblecidos porque se refugian en el mejor de los entendimientos, el lenguaje.
El acceso a la notoriedad lo confunde. Es un interrogante para él el hecho de estar traducido en treinta idiomas distintos, y de ser interpretado todos los días, en alguna parte del mundo sobre el escenario de un teatro. Fiel a su leyenda, es el más presente de los ausentes.
Para Samuel Beckett, ser escritor es escribir. Eso es todo. “¿Mi vida? Allí está mi obra, allí está todo. El resto no existe” – dice.
Este irlandés, “combatiente de lo extremo”, como lo califica Cioran, que elige Francia y la lengua francesa para expresarse alcanza, contra su voluntad, una especie de récord: es el escritor contemporáneo que escribe el mayor número de libros, estudios y tesis en vida. Enemigo de toda metáfora, prefiere consagrarse a la respiración de las frases, al ritmo de la sintaxis, a la musicalidad de las palabras.
Y al fin, en medio de su existencia desalentadora y triste, cuando se encasilla cada vez más en su torre de marfil, el 10 de diciembre de 1969 llega la fulgurante ascensión al premio Nobel, que rechaza ir a buscar a Estocolmo. Ofrece los 50.000 dólares a la biblioteca del Trinity Collage de Dublín, y a la Cruz Roja de un hospital normando. Cede los derechos de sus libros publicados en Polonia a las familias de los presos intelectuales. En un largo texto denuncia el apartheid en África del Sur. Su generosidad es inmensa, humanamente perfecta.
Beckett confina sus últimas obras a un despojamiento casi absoluto. Además, adopta una voz diferente, sobre todo en “Compañía”, donde retorna a la forma neutra de “El Despoblador”: escritura áspera, rápida; frases raramente dislocadas. En “Mal visto mal dicho” (1981), elabora un trabajo de desarticulación expresiva: lo “mal dicho” queda inmóvil, agotado. Pero debe continuar, para lograr el bien decir de lo que únicamente puede mal ver: la vida frente a la muerte.
En “Sobresaltos” (1989), nadie como él sabe ahondar en el mundo vacío de la desesperanza, en la abolición absoluta de las fronteras de la lógica, y en esa tragicomedia de la espera de la revelación donde un hipotético Godot todavía se sigue haciendo esperar.
Samuel Beckett es un trágico que va más allá de la tragedia. Deslumbra a la crítica por su talento. Y porque entre los mil recursos de que se vale para retratar los conflictos del alma humana, con ninguno se expresa mejor que con el juego, la mímica y las máscaras.
Su teatro, bajo la forma de una bufonada siniestra y extenuada, es la exposición verdadera de la condición humana. A pesar de que sus palabras trascienden la desesperanza, no es hombre de tinieblas, porque pasa continuamente de la noche a la luz. Jean Genet dice de él en su momento: “Es un grano de arena monumental”, y según Jean-Paul Sartre “es un escritor francés autor de la prosa francesa más distinguida de nuestro siglo”.
Durante toda su vida ha sido un escritor silencioso de gran talento y generosidad. Tiene horror a la prensa, y vive pues en consecuencia.
Muere en París, un atardecer de 1989, con el mundo a sus pies, pero en la peor indigencia, detrás de las murallas de ese asilo parisino de la calle Rémy-Dumoncel, donde acostumbraba a alimentar las palomas, y de vez en cuando se hacía prestar un televisor para seguir los pasos de los partidos de rugby de su ciudad natal.